martes, 28 de diciembre de 2010

CRISIS EN NUESTRAS REPRESENTACIONES

Me pregunto por qué en esta generación pulula esa desesperación por demostrar a los demás lo autentico que somos, hacer brillar el pequeño trocito de talento que pensamos poseer y que los demás esperan ver. ¿Acaso la información abundante y la diversidad de pasatiempo no ha suplico las necesidades más profundas de nuestra humanidad? ¿Por qué el sueño de los abuelos que apostaba por una vida entregada al estudio y al trabajo honrado que alcanzaba para ser feliz ya no es opción?

Pareciera que las injusticias de las estructuras económicas y sociales nos han hecho por fin entender que aquello es imposible de lograr. Que el obrero tiene hijos obreros, que el capitalista seguirá cosechando la riqueza de los demás, que la ciencia no alcanza la vida y la razón es una ramera sentada en las piernas del poder.

Tal vez en este presente las razones éticas que sustentaban las decisiones fundamentales se han relajado por la desilusión de tantos buenos deseos, la ética protestante no alcanza ya, la desconfianza e inseguridad son las huellas que marcan a esta generación, que pareciera que llega al mundo sin nada, sin saber nada y que se mueve sin saber a dónde ni por qué, o si el camino lo lleva a un lugar o no; ¿Acaso el valor está en el andar, en el acto presente y constante de no detenerse? Tal vez esa sea la imagen del tipo de representación de esta generación con el presente, el tiempo, el pasado y el futuro.

Solo pintándome un panorama así me alcanzo a ayudar, entonces mis reflexiones me llevan a la empatía de la indecidible de las decisiones, a la “locura de la decisión moral”, la apuesta al presente, al rechazo de la historia con mayúscula y minúscula. La banalidad es pues la actitud de relacionarse con el mundo caótico en un presente sin sistemas éticos y sin ningún placer ni objetivo más allá en la historia o la religión.

Vivimos pues un hedonismo, pero frustrado, ya que la locura y la relatividad del sin absoluto y de la multitud de verdades choca de frente con el materialismo, con las estructuras sociales, económicas y política, con las relaciones de poder, con los medios de comunicación, en síntesis, con el “otro” y sus representaciones y verdades. La libertad como baluarte individual del hombre y la mujer pelea con de los otros por el poder de representarse. ¿Por qué? Porque no sabemos cómo convivir con el otro sin dominarlo, “convivir”, solamente compartiendo el tiempo con él o ellas, compartiéndonos la vida, conociéndonos, siendo ellos. El problema de fondo es encontrar el punto en el cual todos nos reconocemos como iguales, como seres humanos, con capacidad y derecho de ser y hacernos siendo.

Es en la desesperación por abandonar la frustración de no alcanzar el placer, donde los medios de comunicación masivos juegan un papel fundamental en estos tiempos de Internet. Aquí y allá la industria y el marketing nos extienden sus redes a la sociedad, abren sus brazos plateados, esterilizados y omnipotentes en busca de talento que alimente su deshumanizada máquina. Vemos, como en los experimentos de antaño, a un pequeño grupo de personas de diversos estratos de la sociedad, provenientes de distintas regiones y de diferente fisionomía, interactuar entre sí, relacionarse y formarse, en otras palabras, reeducarse bajo las nuevas normas dictadas por la industria y que ellos previamente ya han aceptado seguir sin discutir ni opinar. Pero nosotros no permanecemos ajenos, somos cómplices del delito, la masificación, el fin de la libertad. Por medio de las cámaras, esos ojos sin parpados, nos alienamos y contribuimos a la masificación de forma placentera en la comodidad de la intimidad. Y así observamos una pequeña muestra de humanidad en manos de los tentáculos fríos de la industria.

Asistimos pues puntuales y religiosamente a una pasarela donde se modelan seres humanos que han entregado su voluntad a los poderes del mercado y viven agradecidos por ello, por la oportunidad de alcanzar lo que entienden o creen entender por éxito: el renombre, el cariño de los otros, el dinero, la fama, la plenitud en un instante finito del correr del tiempo. Aquí y allá vemos talentos sin certificado de la industria, pareciera que estamos en la coronación de los medios masivos como los moldeadores de la conciencia y cultura de las sociedades, su poder se extiende por televisión, radio, Internet; no hay espacio donde los cables de la electricidad no alimenten el televisor o sitio donde la señal wi fi no alcance a llegar, y así, cualquier institución estatal o de la sociedad civil ha perdido el poder de enunciación, todos estamos inmersos.

¿A dónde vamos a parar? ¿Qué será de nosotros? La incapacidad de pensar en tiempo futuro es otra parte del ser humano impregnada en nuestros genes, necesitamos creer que delante de nosotros está algo esperando y que eso es mejor que ahora. Pero nuestro hoy nos grita que nos es cierto y la experiencia parece confirmarlo. Hemos pues decidido no pensar jamás en ello, aunque eso implique negarnos a nosotros mismos, de tal forma que sin invertir en el mañana nos volvemos a nosotros mismos en el hoy, para buscar realizarnos en plenitud finita constante una y otra vez, hasta que dejemos de existir o perdamos la capacidad para realizarnos a nosotros mismos, o al menos intentarlo Y lo más grosero y perverso es que de precisamente esto se alimentan algunos y hacen riqueza la minoría. Vivimos pues la peor de la programación y nos sentimos seguros con eso, porque alguien a lo lejos y desconocido sabe cuál es nuestro talento, cómo he de vestir para verme mejor, cómo conseguir pareja, cómo alimentarnos o ejercitarnos, cómo sentirnos feliz, cómo comprar, cómo seducir y cómo vendernos en estas sociedades frías, distantes, individualistas y desesperanzadas.

¿A dónde iremos?

¿Dónde encontrar equilibrio o un punto verdadero que no nos condene a la masificación pero que al mismo tiempo nos otorgue características propias? La respuesta hoy todavía sigue siendo Jesús. En la Bíblica encontramos la perspectiva de Dios acerca del ser humano, pues la única forma de encontrarnos a nosotros mismos, es cuando tomamos en cuenta primero a Dios y partimos de él para definirnos:

“Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí, yo os he dado toda planta que da semilla que hay en la superficie de toda la tierra, y todo árbol que tiene fruto que da semilla; esto os servirá de alimento. Y a toda bestia de la tierra, a toda ave de los cielos y a todo lo que se mueve sobre la tierra, y que tiene vida, les he dado toda planta verde para alimento. Y fue así. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y fue la mañana: el sexto día.” Génesis 1:26-31

En la perspectiva judeocristiana el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto no existe una dualidad en la que el cuerpo tiene que ser sojuzgado por aprisionar al alma; es en la perspectiva divina donde al ser humano le corresponde mayor dignidad que al resto de la creación, su vida no puede ser equiparada con la de los animales o las plantas; es en Dios donde el género no determina el valor o derecho de los hombres o las mujeres, ni el grupo étnico, poder adquisitivo o capacidad intelectual. Podemos afirmar, en la perspectiva cristiana, que el ser humano tiene valor inherente porque Dios lo dice, porque llevamos en nosotros –aunque distoricionada por la acción del pecado- la imagen del Creador. Sí, a los ojos de Dios todos somos iguales, creación suya, dignos de valor, pero también pecadores y alejados de su presencia, inmerecedores de su gracia, del sacrificio expiatorio de Jesús en la cruz por nuestros pecados y por último, Hijos suyos.

“Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de El. Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación. Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron; pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa cuando no hay ley. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir. Pero no sucede con la dádiva como con la transgresión. Porque si por la transgresión de uno murieron los muchos, mucho más, la gracia de Dios y el don por la gracia de un hombre, Jesucristo, abundaron para los muchos.” Romanos 5:8-15

Pero entonces, si la perspectiva de Dios es que para él todos somos iguales, ¿Dónde encuentro mis singularidades, aquello que me hace a mí ser yo y no otra persona, eso que en el fondo sé que reconozco como yo, que no puedo ocultar y transpiro por cada poro? A los ojos de Dios soy una persona, no un número más, ¡él me conoce y entiende! ¿Por qué no habría de hacerlo si él nos hizo? En repetidas ocasiones se dice acerca de eso:

Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos. Salmo 139:13-16.

Él nos hizo diferentes también, negar nuestra diversidad atenta directamente contra la creación de Dios y contra el mismo creador. La perspectiva divina del ser humano incluye la igualdad y la diversidad, somos iguales pero hay diversidad entre nosotros, nuestros rasgos físicos nos enriquecen, nuestros países latinoamericanos, un ejemplo de varios, son testigos de una incalculable diversidad étnica, aquí las raíces americanas, europeas, africanas y asiáticas conforman un mosaico étnico, testimonio de largos procesos históricos pero que nos permiten alabar al Dios de la diversidad. Las ideas de superioridad étnica, por lo tanto, son una distorsión que no puede ser justificada, no hay grupo étnico superior a otro, han sido el engaño de las estructuras económicas, políticas y sociales las que las inventaron y sustentan. Existe la misma belleza en los rostros negros, los ojos rasgados, el cabello rubio, los ojos claros y la piel morena. En este punto hace eco en mi memoria la letra del siguiente canto que nos puede ayudar a ilustrar el punto:

Acérquese los pueblos, de todas las naciones

Levántense a cantar con alegría,

Que se oigan en los aires nuevas melodías

Que Jesucristo trae la libertad.

Es tiempo de vencer, la vil esclavitud

Que ejercen los hombres y las ideas

Es tiempo de decir que sólo Dios es

El único Señor del ser humano.

Pero entonces, ¿Qué ha pasado?

¿Qué ocurrió para llegar a este punto en el cual la mayoría de las personas se encuentran frustradas? La violencia de la mayoría de nuestras ciudades en México parece que ha contribuido a minar el valor de la vida, la injusticia de los sistemas económicos, la insensibilidad y coherencia de los sistemas políticos provocan toda clase de injusticias y cortan toda posibilidad de soñar ya no un futuro feliz, sino un presente digno.

Por su parte el contexto cultural y científico no presenta opciones fijas ni viables, mientras la ciencia juega con probabilidades y realidades alternas que nos desdoblan y hacen cada vez más insignificante la existencia misma del ser humano; a su vez, los filósofos y artistas optan por la locura en una realidad que se derrite de entre nuestras propias manos, en la que no podemos reconocernos a nosotros mismos ni nuestro pasado.

Las instituciones tampoco han ayudado en nada, el Estado, la Iglesia ni la Universidad satisfacen, ya no ofrecen ni siquiera identidad, esa que prometieron dar el día que fueron inventadas, son similares a barcos sin vela en medio del inmenso mar, perdidas aún con sus objetivos y metas, incapaces de alcanzarlos o siquiera llegar a puerto seguro.

Volteamos a ver por la ventana y observamos una naturaleza castigada, a punto de estallar en nuestra contra, mares contaminados, aguas amargas, ciudades desiertas, llenas de basura, smog en el aire y los pulmones, el verde de la vida se torna pálido. La vida se seca.

La inconformidad pulula, la resistencia no es moda, la diversidad equivale a intolerancia, los absolutos ignorados y la realidad reinventada a cada instante para adecuarla a nuestro interés o estado de ánimo. Si la tierra gira alrededor del sol y su movimiento no se percibe, el mundo del ser humano gira alrededor en distintas direcciones y nadie puede sostenerse en pie.

Aquí nos encontramos sintiéndonos nada en medio de tantos cambios, un soplo sin sentido en el mundo, tal como lo escribió el Predicador hace muchos años:

Vanidad de vanidades, dice el Predicador, vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho recibe el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol? Una generación va y otra generación viene, mas la tierra permanece para siempre. El sol sale y el sol se pone, a su lugar se apresura, y de allí vuelve a salir. Soplando hacia el sur, y girando hacia el norte, girando y girando va el viento; y sobre sus giros el viento regresa. Todos los ríos van hacia el mar, y el mar no se llena; al lugar donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir. Todas las cosas son fatigosas, el hombre no puede expresarlas. No se sacia el ojo de ver, ni se cansa el oído de oír. Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: Mira, esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron. No hay memoria de las cosas primeras ni tampoco de las postreras que sucederán; no habrá memoria de ellas entre los que vendrán después. Eclesiastés 1:2-11.

¿Acaso hay un lugar seguro?

De cierto que sí, mas no es la calle ni el Internet, buscamos en lugares equivocados y estamos perdidos, tratando de sacar agua de cisternas rotas para calmar nuestra sed… ¡pero no hay por qué temer! Dios, nuestro creador vino en Jesús por nosotros, “porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.” Lucas 19:10. Este Jesús es el mismo que nos dará agua viva para no tener sed jamás. La calle y el Internet son dos tentaciones presentes en la vida de la gran mayoría, si bien el acceso a Internet es limitado, la calle está a disposición de cualquiera que la quiera caminar. Es ahí donde nos pueden hacer presos la industrial, cuando salimos a la calle, o entramos a Internet se nos presenta la oportunidad de “hacernos a nosotros mismos”, vendernos, volvernos objeto de la admiración o el deseo de otras personas, encontrarnos con otros fingidamente afines a nosotros, pensamos encontrar un lugar seguro. Entonces el engaño está terminado. El siguiente paso será querer ser alguien más y para eso la industria nos auxiliará a metamorfosearnos una infinidad de veces, tantas como nuestro bolsillo lo pueda solventar. Pero solamente por un momento, hasta que la conexión caduque, hasta que las plazas comerciales cierren, será en ese instante cuando volveremos a ver nuestra condición, deplorable y digna de lástima, cubiertos de nada, embriagados de sueños inalcanzables, todavía huecos por dentro. ¿Quién se fijará en nosotros así? ¿Quién si estoy desnudo, golpeado, violentado, poco atractivo? Solamente Dios, solamente Jesús sale a nuestro encuentro y nos dice:

“Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y HALLAREIS DESCANSO PARA VUESTRAS ALMAS. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.” Mateo 11:28-30

La realidad es que no hay un lugar seguro, ¡hay una persona en quien podemos confiar! Es en él donde podemos encontrar el verdadero sentido de nuestra existencia y donde podemos ser representados como lo que verdaderamente somos, una nueva creatura. Es en él donde podemos encontrar identidad, y ésta no está determinada por el cambio político o la locura de la economía, no es un capricho del azar, es inconmovible, firme, digna de confianza. Somos lo que él dice que somos. Nuestra identidad está en él, nada más, “las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas”,

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado. En El tenemos redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia que ha hecho abundar para con nosotros.” Efesios 1:3-8

La redención de nuestros pecados por medio del sacrificio de Jesús en la cruz nos limpia de todo pecado y podemos ser aceptados por Dios Padre, nos da identidad al hacernos sus hijos e hijas, somos adoptados por Dios. Y si hijos, tenemos ejemplo de quien es nuestro Padre, las cosas que hace y la forma en la que él quiere que vivamos. Una vez conociendo al Amado no debe existir duda en nosotros de quién somos, debemos afianzarnos en la roca inconmovible, tenemos su Palabra –la Biblia- para seguir conociéndole y una vida aquí en la tierra para expresar, en cada uno de nuestros actos, mi identidad como hijo o hija de Dios. Somos, por lo tanto, a vivir distintos, no por moda, sino como testigos de él para que otros crean. Como siervos de Jesús el Señor nuestra vida debe estar al servicio de los demás en amor. Pero no es una misión individual, somos llamados a vivir como

una comunidad reflejo del Reino

de Dios, la iglesia, el cuerpo de Cristo. Y lo maravilloso de este cuerpo es que como tal, está conformado de diferentes órganos, con funciones distintas pero que trabajan de forma sincronizada de acuerdo a la cabeza, que es Cristo. De tal forma que los cristianos tenemos la seguridad –que únicamente puede dar Jesús-, de que pertenecemos a un cuerpo, como tal, todos compartimos una misma identidad, mismo valor por encima de las diferencias de género, étnicas, sociales, culturales o económicas, eso ya no determina –o debería- nuestra igualdad, todos somos pecadores redimidos, hijos de Dios, pero no albergamos el temor de perder nuestra personalidad, puesto que cumplimos funciones distintas en el cuerpo, pero estas funciones son para edificación de la comunidad.

“Pues así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros.” Romanos 12:4-5

Somos creación de Dios, únicos e irrepetibles en carácter, cuerpo, tiempo y espacio e hijos de Dios, esa verdad nos hará libres de caer en las garras de la masificación o en el ostracismo. La industria no tendrá más poder sobre nosotros, nuestras heridas sanadas y las necesidades más profundas saciadas en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe. Así sea.

viernes, 17 de diciembre de 2010

CARTABIERTA A LOS SEÑORES, MUCHACHOS, MUCHACHAS Y NIÑOS NARCOS QUE NO CONOZCO

Presentes:

Ustedes me disculparán, primero por si no puedo dirigirme por sus respectivos nombres, pero cada vez son más y están en tantas partes que tan sólo intentarlo sería por demás difícil; y por si en algunos momentos mi carta sube de tono, síntoma de mi descontento por sus repetitivos y repulsivos actos que invaden nuestra cotidianidad. No me queda más que ofrecer una disculpa por estas dos cuestiones, más las que necesariamente surjan en el camino, pero mi intención ha sido tan honesta que temo sea mal interpretada y pueda causarles algún disgusto, situación que mucho lamentaría.

Principio por decirle algunas cosas que creo ya se le olvidaron y son de profundo interés para todos, ya que nos servirá porque nos ayudarán a recobrar el sentido de la proporción: somos más que ustedes, no se le olvide, si bien cada vez se multiplican como cáncer en el cuerpo, causando dolor, siguen siendo un agente patógeno en constante intervención quirúrgica. Por lo tanto, no se extrañe que se tenga que ver en la penosa situación de reinventarse cada vez para conseguir más adeptos. Aunque no lo crea, no es normal ni natural su paso por la ciudad, es, por decirlo poética y proféticamente: “transitoria”, usted ni siempre ha estado aquí y no lo estará por siempre. En algún momento estará pagando sus crímenes, si es que antes no lo matan, escenario hipotético que mucho lamentaríamos.

Déjeme decirle: “usted miente”, ¡Ah cómo no! ¿Podríamos esperar menos de usted, que con mayor facilidad toma la vida de otras personas? Bien sabemos que sus actividades no nacieron ayer, sino que las recibió y las hace caminar, pero ese es precisamente su engaño, le recuerdo que la memoria colectiva en su mayoría tiende con suma facilidad al olvido, si el pueblo de México ha olvidado episodios más importantes de su historia que usted, cómo no pensar que de usted y los suyos ni los nombres recuerde. Me da esperanza, no lo puedo negar, que pasado mañana no sabremos más de usted. Sépase pues, en un estado de transición, entre el que usted relevó y el que le pegará un tiro entre la frente un día de estos.

Quisiera comentarle algo más, espero se encuentre sentado. No me gusta que se dé aires de grandeza, me desespera siquiera pensar que se encuentra rascándose la panza, contento y satisfecho. Si bien ha tomado protagonismo, no lo es enteramente por sus méritos, pues ha llegado a ocupar el espacio vacío que dejaron otros actores sociales que moldeaban y pastoreaban la sociedad, a decir, el profesor, el sacerdote, el brujo y el político, etc. Entonces, dese cuenta que no se está haciendo un espacio nuevo en la sociedad, sino que viene a ocupar uno vacío, algo así como un remplazo, no le extrañe que esa misma sociedad, de la cual se siente dueño y aparentemente lo ama, le olvide mañana y los cambie por, no sé, un general envalentonado y otra mafia dedicada a algún crimen peor. No lo sé, su presencia y acciones me han hecho pensar en que lo peor está aún por suceder. Esos niños que hoy sueñan con ser como usted un día le darán la espalda, sino los mata antes, claro está.

Déjeme explicar mejor este asunto con una situación que viví la semana pasada, cuando iba en el camión rumbo a mi trabajo me sorprendió lo que me encontré, sentado a mi lado estaba un niño de aproximadamente doce años escuchando atento y cantando entusiasmado uno de esos narcocorridos (que dicho sea de paso, son pésimos) que relatan sus crueles hazañas. Pero si eso no le parece suficiente, el chofer de la unidad llevaban su propio corrido en la radio, y yo, que me declaro distanciado completamente de su trabajo de narcotraficante, estallé de coraje al saber hasta qué punto su presencia nos ha hecho sentir acorralados. No señor mío, no se ría, recuerde que todo es transitorio, como una pesada brisa y cuando el sol salga la disipará, entonces nosotros podremos reír.

Permítame detenerme en esto de los corridos un momento, lo diré francamente: la mayoría son pésimos, mala letra, horrenda música y fea voz. Es tan triste ver como 100 dólares pagan un corrido corriente que dice una sarta de historias medias ciertas y medias inventadas. Poesía desperdiciada. Habrá de notar que no soy fan suyo ni de su moda, pero no le sorprenda, no soy el único, en parte la realidad así es, sus seguidores terminan siendo un puñado de soñadores que buscan el sentido de su vida en un instante épico que las armas le proporcionan. Todos buscan auto otorgarse sentido en un presente constante, saturado de todos los lujos y comodidades que el dinero puede satisfacer: poder y sexo. Que si los políticos lo protegen o están de su parte (por desgracia hay casos) es una consecuencia de ese cáncer llamado “usted” y que nos ha jodido hasta el tuétano, al punto que aquellos elegidos para proteger nuestros intereses, buscando su propio beneficio nos han traicionado. Pero no se preocupe por ellos, mayor culpa tienen ellos que usted.

Señor narcotraficante, no puedo aceptar su oferta de hacer como que no pasa nada, callarme sería lo mismo que convertirme en uno más de sus múltiples cómplices, que es igual a: asesino. Yo bien sé que no me siento protegido contra usted ni por la policía ni por el ejército, pero sí por Dios, por lo cual, no guardaré silencio. Mis letras son la respuesta a sus balas, confío en que las mías puedan hacer más porque tienen en sí mismas una especia de vida que jamás encontrará usted en el frío casco hueco de una bala a la orilla de la calle por la madrugada. No señor narcotraficante, por más que sus corridos lo presenten noble, valiente y hasta con un cierto grado de bondad, no lo es, no nos engañemos, usted mismo sabe que son mentiras. Podrá reírse todo lo que quiera de mí, en serio, pero sepa que tendrá que responder a Dios por cada uno de sus actos: pecados, y en ese momento no habrá santo inventado que lo puedo auxiliar ni soborno suficiente para pagar, el juego de burlarse de la ley y justicia por fortuna no es eterno, y eso todos lo sabemos, incluso usted. Porque hasta de Dios usted pretende burlarse y ahí sí que no podrá, se tomará con piedra, mañana o pasado él arreglará cuentas con usted y ¿Quién se esconderá de la ira de Dios?

Le repito señor narcotraficante, no puedo estar de acuerdo con usted, porque el sistema moral que me propone no funciona, ¿Qué lugar ocupa la vida sino uno de los últimos escaños? ¿Cómo entiende y quiere que entienda la lealtad? ¿Concibe en su interior el amor? ¿Hay algo bello que no sea el acto de matar? ¿Cómo duerme?, no me sorprenden sus barbaridades, sino la aparente calma con que se levanta todos los días por las mañanas, come, va a misa y maneja por la ciudad. Creo que abona su alma en pequeños pagos a Satanás. Por cierto, referente a su comando del diablo y demás referencia al demonio, no los use para ufanarse, no le deben significar motivo de orgullo, pues escuché en alguno de esos corridos que es tan valiente que cuando según usted el diablo venga por usted, se batirá con él a balazos y a ver de a cómo les toca. Pero yo le pregunto, por favor piense su respuesta detenidamente, ¿Qué le hace pensar que usted le interesa a Satanás? Y le hago la pregunta por lo siguiente: ¿por qué el diablo se tomaría el tiempo en usted? Pienso que él es quien más disfruta sus grotescos espectáculos, le debe provocar risa, como esas sonrisas que se pueden ver en el rostro de un padre orgulloso. Señor narcotraficante, no se sienta tan importante, al diablo le interesan más las personas piadosas y los hijos de Dios. Usted es hijo suyo. Triste su caso. Al único a quien realmente le interesa es a Jesús, él sí que lo busca, y confío en que lo encuentre rápido y usted a él, antes que se le acabe el tiempo. Porque ¡Oh sí señor! le guste, lo crea o no, tienen el tiempo contado, de nosotros, la sociedad, la justicia y las leyes se puede burlar, como hoy lo hace, pero de Dios no lo hará.

Recuerde que le dije al inicio de mi carta, se encuentra en un estado dinámico de cambio: una transición, o bien, acaba de llegar, ó está por irse, no lo sé y usted, por más que alardeé, tampoco. Aunque duerma en castillos, coma manjares, viaje en primera clase, vista de lujo y se dé considerables atenciones a su persona, amigos y familiares, no es más que un soplo y, por más que se aferre, con uñas y dientes, a encontrarle a su existencia un épico y hedonista sentido en el presente, el tiempo, ese que tiende a ser justo, lo arrancará todo, hasta la vida y entonces, la noche le será larga y fría. Viene, señor narcotraficante, no lo olvide, porque parece que eso ha ocurrido, un tormento, usted lo ve en el horizonte como las nubes cargadas de agua. Respóndame algo ¿A qué le sabe la comida cuando se la lleva a la boca con manos asesinas? ¿Cómo observa al mundo y su belleza con sus ojos oscuros de muerte? ¿Cómo es que ríe cuando muchas y muchos lloran por culpa suya? No señor, no, las cosas no siempre ha n sido así ni lo serán siempre; disfrute ahora que la ciudad es como si fuera suya, pero no para siempre, no señor.

No hay excusa para su posición, ya lo sé, las condiciones no son las mejores y la vida es dura, pero no, la facilidad de su trabajo no justifica la injusticia ni el hambre; de eso hay otros culpables a quienes pronto me apresto a escribir también.

Mucho gusto me dará que mi carta pueda llegar a sus manos y pueda leerla, confío mis palabras logren tocar su consciencia y le haga pensar en cambiar. No hay mucha esperanza, pero algo queda todavía. Me despido, con mucho gusto, y, debo confesarlo, me está costando mucho trabajo escribir lo siguiente: saludos afectuosos, espero se encuentre bien y pueda algún día reconciliarse con Dios y por consecuencia, experimentar un cambio en su vida. Por usted y por todos. Adiós.

Un ciudadano

sábado, 4 de diciembre de 2010

EL NIÑO JESÚS Y LA NAVIDAD I

Estoy sentado frente a mi computadora y me salta a la memoria la fecha del día de hoy, 4 de diciembre –sonrío, como esperando algo, evidencia de esa mala costumbre promovida por la mercadotecnia en estas víspera- y pienso que por lo menos los noticieros nos deberían de alertar en sus cápsulas del estado del tiempo que se avecina en el horizonte una furiosa tormenta de rebajas de precios, grandes descuentos, ventas de remate y otras muchas formas de comprar cariño fingido a razón de la víspera de Navidad. El hombre gordo de barba blanca ya ocupa los primeros lugares de las plazas y centros comerciales y, como sucede año con año, las referencias al niño de Belén y los villancicos se escuchan menos. Esto parece ser un ejemplo sencillo de estas llamadas sociedades postcristianas.

Entonces me vuelvo a mis pensamientos para preguntarme de qué forma nuestros esfuerzos como cristianos deberán estar encaminados a devolverle el verdadero sentido a esto que todavía hoy llamamos Navidad, la buena noticia de Dios para todos los seres humanos. Una primera opción es correr a tapizar las paredes de nuestra ciudad con imágenes del establo de Belén y así competir con el hombre obeso de abrigo color rojo. La segunda es más complicada, tal vez por eso es la menos recurrente y consiste en ver la Navidad en una perspectiva más amplia, dentro del plan divino de redención, y experimentar el gozo que trae a nuestra vida esta noticia de parte de Dios, con todo y sus implicaciones en la vida cotidiana. Solo así, creo, del conocimiento del Hijo de Dios y de la experiencia de su perdón, podremos comunicar con nuestra vida misma las buenas nuevas del Creador a todos, volviendo de esa forma trascendente, en cualquier espacio-tiempo, la imagen del niño del pesebre.

Pero entonces, ¿Por qué ha perdido importancia el nacimiento de Jesús en el establo de Belén? Por la cada vez menos existente relación entre el acontecimiento, su significado y sus implicaciones para la humanidad en cualquier espacio-tiempo y para el universo mismo. Es decir, si Jesús nació o no da igual, no importa, y si así fue –suceso por algunos neciamente cuestionado- está muerto, entonces, ¿Por qué celebrar su nacimiento? Por qué es noticia de gran gozo y alegría, tal como los ángeles lo comunicaron a los pastores? Porque Dios por fin solucionará de raíz el problema del pecado en el ser humano, Dios está con nosotros, “Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Aún así, las representaciones de un indefenso Jesús bebe bien puede atiborrar nuestro imaginario y no obligar a nadie a responder con su vida a él. Pues después de todo, ¿Qué poder tiene ese niño sobre mí? ¡Pero la Navidad es donde inicia la historia del Jesús adulto que caminó en esta tierra, este Jesús Hijo de Dios que habitó entre nosotros, predicó el Reino de Dios, sanó enfermos, expulsó demonios, enfrentó a los religiosos, se reunió con los pecadores, murió en la cruz para limpiar los pecados del ser humano y resucitó al tercer día! Se nos olvida, con suma facilidad, que ese mismo niño es el Rey por encima de todos y que Dios ha dejado el juicio en su mano. Este mismo Jesús autonombrado la verdad y la vida, pan de vida y el único camino al Padre, está vivo y ofreciendo perdón y reconciliación con Dios Padre. El día que pongamos en perspectiva más grande la Navidad y la dejemos de ver como un hecho aislado en la historia de la humanidad y en el plan de Dios para con el hombre podremos, con mayor facilidad, preguntarnos a nosotros mismos y a los demás, ¿Cómo respondemos a esta acción de Dios? Como Juan mismo escribió en repetidas ocasiones:; “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que han palpado nuestras manos, acerca del Verbo de vida (pues la vida fue manifestada, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, os proclamamos también a vosotros, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y en verdad nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.” (1Juan:1-3).

Dios se ha hecho cercano, ¿a dónde iremos? “Porque de tal manera amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito para que todo el que en él crea no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 3:16). ¿Recibiremos las buenas noticias y sus implicaciones morales, políticas, culturales, económicas que la acompañan? O seguiremos de largo por los pasillos de los aparadores en busca de una mejor oferta. La Navidad sigue siendo motivo de gran gozo para todos los seres humanos, Dios puso en marcha su plan para acabar de una vez por todas con el pecado que nos mantenía alejados de él. Jesús, su Hijo, vino al mundo para demostrar ese amor por nosotros.