Liminalidad
Apenas llegamos un mes en
Vancouver pero ha sido un tiempo largo. Suficiente para reconocer los estragos
causados por la mudanza en Ale, en mí, en nosotros. Salir de Tijuana fue una
locura, no hay muchas formas de explicarlo. De pronto dejamos todo y a tofos,
como una urgencia de responder afirmativamente y con movimiento a una
invitación de Dios para tomar el camino. Cosquillas que nos sacan de la
comodidad.
Todos los “sí” que hemos dicho a
Dios pasan factura de implicaciones. Por ejemplo, ya no tengo un marco claro y
rígido de referencia para proyectar al futuro. Estamos en transición y siempre
es mucho más fácil reconocer lo andado que el porvenir. En Tijuana se quedó
nuestro “lugar seguro”, la zona de confort y el fruto de nuestro trabajo. Pero
todo está allá, lejos; nosotros ahora estamos acá, en otro sitio. A este nuevo
lugar estamos invitados para asumir y hacerlo nuestro “hogar”.
Antes de sumergirnos en la
dinámica de la nueva ciudad pasamos un tiempo de retiro en Rivendell, en Bowen
Island. Ahí, en medio del océano y en la profundidad del bosque me reconocí
extraño a este mundo. Lejos de tierra
firme y los edificios de la ciudad estaba acompañado. Con el silencio y quietud
del bosque todavía podía escuchar resonar en mi interior los ecos de tantas
actividades y personas. Oré con ayude de un laberinto y en el proceso brotaron
cosas del corazón. En este laberinto no
puedes perderte, es un camino seguro. Pero una vez dentro tienes dos opciones para recorrerlo: 1) seguir
cuidadosamente el sendero que te guía hasta el centro y final p 2) hacer un
atajo que ignora el camino. Seguí el laberinto mientras repetía un verso del
Salmo 23: “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su
nombre”.
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El laberinto de Rivendell |
El camino en el laberinto por un momento me acercaba al destino pero
después me alejaba de él. Este movimiento de avance y retroceso me hacía dudar
de seguir el camino, golpeaba mis ganas de controlar mi propio sendero, dejó
ver cuánto necesito dejarme guiar por Dios y por otras personas. El laberinto
es la metáfora de este tiempo en una nueva ciudad. Es una etapa segura, puedo
seguir el sendero confiadamente y ceder el control. Dios confortará nuestra
alma y nos guiará. Eso es suficiente a pesar de lo que vea y a pesar que el
camino tome curso por donde no espero.
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Deep Cove |
Nosotros no somos ya los mismos.
No podemos pretender fingir serlo aquí. La apertura a lo nuevo nos hace a
nosotros nuevos también. Peregrinos en el camino. Solo con la distancia de
nuestro anterior contexto podemos reconocer las cosas que directa pero veladamente
comenzaban a definir nuestra identidad. Para mí lo estaba siendo el trabajo: lo
que hacía, dónde estaba y lo que me daba. Sin embargo, aquí y ahora el no tener
todo eso y hacer algo distinto mostró lo afectado que estaba esa área en mí. Me
había tragado la mentira de que “somos lo que hacemos”, o peor aún: “valemos lo
que hacemos/poseemos”. De este lado se ve diferente, estamos muriendo, por
decirlo de algún modo. Morimos a nuestra vida previa. Estamos en transición, en
Regent se esfuerzan por asumirlo como una deconstrucción. Sin embargo, al mismo
tiempo nos encontramos en una etapa nueva de nacimiento. Todavía no se ha de
manifestar lo que será.
Estamos en el camino. Recorrer
caminos es justamente lo que hemos hecho en este mes Ale y yo en diferentes
caminatas alrededor de Vancouver. Caminar, descubrir el bosque, sus colores y
olores. Disfrutar de la naturaleza de un ecosistema nuevo para nosotros. Mientras
nos sorprendemos con la creación nos deleitamos en Dios y hacemos ejercicio. Esa
es otra buena metáfora para este tiempo: un camino de deleite y salud.
No estamos solos en este proceso,
contamos con nuevas personas de diferentes partes del mundo. Ellas también
están en una situación similar a nosotros, ellas nos entienden, con ellas hacemos
la comunidad del camino. También está la gente que dejamos y nos ama: familia y
amigos, rostros conocidos que nos anclan a nuestro
contexto: nuestra América Latina, tan diferente de este país. Cómo me gustaría
ver florecer la vida de los nuestros bajo los estándares de vida que aquí hay.
Dios sigue estando aquí, él nos
llama al camino de la fe, nos salva de la petrificación estéril. No obstante,
Dios también camina con nosotros. Sí, él llama pero también acompaña cada paso.
Jamás se sienta al final de la meta sino que corre con nosotros. Él nos
sustenta, nos alimenta, nos cuida, nos impulsa a dar más y no levanta.
Dios-con-nosotros. “Porque Dios trabaja en nosotros” es que el camino e
transformador.
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