domingo, 26 de octubre de 2008

A propòsito de la mùsica

Recientemente he redescubierto a Jorge Drexler, la primera vez que lo escuché llegó a mí por medio del chat, era un vínculo color azul de una página de youtube, la cancón era "Mi guitarra y vos", de la cual sólo puedo decir: fantástica, por ser una dulce discordancia entre letra y música que se desplaza en un ritmo inesparado que provoca una incongruencia auditiva entre la melodía de los instrumentos y el sincero sentimiento que emana de la bien pensada y rimada letra. Aquella vez fue la primera y única, como te venía diciendo, volví a él para descubrir su música, esa que me ha gustado por su suavidad y letras elaboradas que te obligan a escucharla dos o tres veces para poder comprenderla en su totalidad, aunque la primera vez hayas podido identificar y apropiar el sincero sentimiento de nostalgía y amor que de manera fascinante y fácil, dicho sea de paso, puede trasmitir; esa es la magia de la música, pienso yo, que soy un músico frustrado que disfruta del sonido que provoca y armoniza deliciosamente una guitarra acústica, un piano de cola, un violín -en manos de un violinísta o una violinísta genio-, un violoncello y un par de voces que bien pueden cantar en latín oo francés, aunque pueda entender con mayor facilidad al primero.

La música es, y no quiero con esta definición sumarme a las miles que ya hay, un medio de comunicación o, mejor dicho, intentado encontrar un título más digno que tan sublime arte merece: un mensaje, o mejor dicho: mensajes. Pues la música no es de uso individual y privado, porque nunca se puede producir por una sola persona, porque tiene la necesidad de herramientas, incluso de sus cuerdas vocales, si es el caso, y a pesar de eso, por más solo que éste esté siempre la música dirá algo para alguien, ese alguien sea Dios, la naturaleza, un amor, una causa, un ideal, un grupo o un etcétera.

Aquello que escuchamos no es lo que nos apropiamos en secreto, sino lo que sentimos en público, porque incluso, la música es de uso público, para la comunidad, sea ésta un grupo de cazadores alrededor del fuero en lo oscuro de la noche estrellada, o un grupo de congregantes en un templo un domingo por la mañana, o un grupo de miles reunidos en un estadio en una noche de concierto un viernes en la noche, o de un reducido grupo de amigos, de tres por favor, o de una pareja, de dos por favor, obviamente, sentados juntos, muy juntos en un café, con un oloroso y delicioso café o té en la mesa, escuchando a un trovador en el escenario , un jueves por la noche. Incluso, no se tú, pero yo lo pongo sobre el escritorio y me gustaría incluirlo en futuras conversaciones, la música que se escucha en los pasillos de los camiones, porque te confieso, los mejores conciertos a los que he asistido casi de forma gratuita, por tan sólo $6.50. pesos, han sido los que ocurren en esos angostos y largos pasillos de cambión, ahí se escuchan roncos, entonados y desentonados, buenos y malos cantantes, roqueos trasnochados, simpáticos norteños, ridículos románticos, alegres sones jarochos e interesantes y desconocidos corridos.

En fin, quién puede negar que la música que escucha no es una prolongación de sus sentimientos y del estado de ánimo de su alma. En este mundo donde nadie se habla por temor, aquellos que queremos comunicarnos con el otro y conocerlo en su sincera y debil humanidad, creo que tenemos el reto de escucharlo en lo que escucha y en lo que canta, aquel que quiere escuchar, o aquellos que queremos escuchar, tendremos que aprender a interpretar a partir de la música y de las miradas, ambas aparentemente tan ingenuas pero tan comprometedoras y claras.

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