martes, 29 de diciembre de 2009

La canción más hermosa del mundo, Joaquin Sabina

Yo tenía un botón sin ojal, un gusano de seda,
medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda,
una hispano olivetti con caries, un tren con retraso,
un carné del Atleti, una cara de culo de vaso,

un colegio de pago, un compás, una mesa camilla,
una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla,
una bici diabética, un cúmulo, un cirro, una strato,
un camello del rey Baltasar, una gata sin gato,

mi Annie Hall, mi Gioconda, mi Wendy, las damas primero,
mi Cantinflas, mi Bola de Nieve, mis tres Mosqueteros,
mi Tintín, mi yo-yo, mi azulete, mi siete de copas,
el zaguán donde te desnudé sin quitarte la ropa.

Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera,
una lámpara de Alí Babá dentro de una chistera,
no sabía que la primavera duraba un segundo,
yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.

Les presento a mi abuelo bastardo, a mi esposa soltera,
al padrino que me apadrinó en la legión extranjera,
a mi hermano gemelo, patrón de la merca ambulante,
a Simbad el marino que tuvo un sobrino cantante,

al putón de mi prima Carlota y su perro salchicha,
a mi chupa de cota de mallas contra la desdicha,
mariposas que cazan en sueños los niños con granos
cuando sueñan que abrazan a Venus de Milo sin manos.

Me libré de los tontos por ciento, del cuento del bisnes,
dando clases en una academia de cantos de cisne,
con Simón de Cirene hice un tour por el monte Calvario,
¿qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?

Frente al cabo de poca esperanza arrié mi bandera,
si me pierdo de vista esperadme en la lista de espera,
heredé una botella de ron de un clochard moribundo,
olvidé la lección a la vuelta de un coma profundo.

Nunca pude cantar de un tirón
la canción de las babas del mar, del relámpago en vena,
de las lágrimas para llorar cuando valga la pena,
de la página encinta en el vientre de un bloc trotamundos,
de la gota de tinta en el himno de los iracundos.

Yo quería escribir la canción más hermosa del mundo.



lunes, 28 de diciembre de 2009

Pensando en mujeres...

Ahora que las pienso a razón de las letas de una canción y dos libros que estoy comeindo, me doy cuenta que mi caminar con Jesús ha sido impactado de mayor manera por mujeres, un lindo detalle que no había considerado. El tema me provocó una serie de: lluvias de recuerdos-comentarios que he hecho en el pasado ( y por los que me he arrependido) y otros que escuché de "hermanos" (incluso desde el púlpito) sobre "las hermanas". Me gustaría dejar en claro, antes de continuar, que mis ideas están ubicadas en un lugar social especifico en el cual reconozco la preencia de dos mujeres muy cercanas a mí que han influenciado en gran medida mi pensamiento, una de ellas mi mejor amiga y la otra también.
Sobre el tema soy consciente que, lejos de poder hacer una erudita contribución, sea desde las ciencias sociales, la historia o la teología, llegué a él por el camino de los encuentros que despiertan recuerdos y proyectan perspectia de futuro, por lo tanto, con más libertad, deseo hacer un tierno y bien merecido reconocimiento a las mujeres que pienso debo mucho en mi caminar con Jesús, sírvase pues como homenaje a ellas, en primero lugar.
Iniciaré con la idea que algunas denominaciones tiene acerca de la mujer, entre ellas la más detestable es el prohibirles el predicar o enseñar a un grupo en donde haya hombres!, qué cosa tan más aberrante delante de los ojos de Dios. Pregunto: No fueron ellas a las primeras que el Señor Jesús recusitado se les apareció? No fueron ellas las primeras misioneras que llevaron las buenas nuevas a un grupo de apóstoles encerrados, muertos de miedo y que no les creyeron? Más aún, no permanecieron ellas cercas en toda la Pasión del Mesías sufriente? Alguien debería recordar esto de vez en vez antes de bociferear bajo el supuesto amparo de la autoridad Divina.
Veámoslas en las congregaciones, no son ellas las que están en todas partes, en las ausencias de los varones, no son las que enseñan, las que cocinas, las que cuidan las que... (algo anda un poco mal no?)
Recuerdo a mis dos profesoras de Escuela Bíblica: la hermana Petra, aunque de ella no tengo recuerdos propios, sino la historia que ella y otros me han contado, aún así les doy credito y reconozco su trabajo en formar niños en la Palabra de Dios, del cual yo uno de ellos; la segunda fue Socorro, a quien recuerdo más, fue poco tiempo pero conservo pequeños segmentos como de video en donde ella compartía su clase, quería enseñar y que le entendiéramos, nos amaba.
Después aparecen, con los muchos años Ale y Flor, que han sido de gran bendición, a ellas se agregó Pahola, una triada sensacional llenas de misterio, pasión por las obras de sus manos, fuertes y fieles amigas.
Vaya, este post no se pudo llamar mejor, pensando en mujeres, porque realmente las pensé, tal vez en otro post hable de los hombres que han impactado mi vida y me han ayudado, apoyado y animado en el caminar con este Dios del que somo suyos y tuvo a bien por amor y misericordia tomar forma humana.
Sea pues estas mis letras a manera de un reconocimiento a su labor, a la pasión que muchas de ellas demuestran por Cristo y a los pasos gigantes de fe que dan, son gigantes, honrados debemos sentirnos al compartir con ellas tan noble tarea.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Sobre testimonios, testirollos y tristemonios

Algunas cosas simplemente hay que decirlas, pero más allá de la máxima de “la forma del contenido”, o como dices las cosas, hay un escalón más alto y de igual importancia que bien podríamos sintetizar en una frase útil como esta: “el para qué del contenido”. Nuestras palabras son importantes, el poder de la vida y la muerte está en nuestra lengua, de tal forma que conviene ser prudente en el uso de tal instrumento. De ahí que no se haya equivocado el sabio árabe que dijo: “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas”. En verdad tiene razón. Sin embargo, esta pequeña frase llena de verdad pudiera ser un pretexto para el hijo de Dios guarde silencio ante la realidad y que desea llevar una vida cómoda con el mundo, apartado de los problemas de la sociedad. Pero por otra parte hay un Señor al que pertenecemos que nos exhorta a levantar la voz por el oprimido y buscar justicia. Estas aparentes tensiones vuelven deliciosa la convivencia con el Creador y la comunidad.


A razón de nuestras palabras y el contacto con la Palabra se quedó en mi mente algunas preguntas e ideas que me han acompañado por algunas semanas. En una ocasión en la célula de estudio bíblico de la universidad estudiamos la carta pastoral de 1 Timoteo y fue un buen tiempo a tal grado de que aún hoy esa palabra sigue trabajando en mí.


1 Timoteo 1:12-17


12Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio;

13aun habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y agresor. Sin embargo, se me mostró misericordia porque lo hice por ignorancia en mi incredulidad.

14Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante, con la fe y el amor que se hallan en Cristo Jesús.

15Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero.

16Sin embargo, por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en Él para vida eterna.

17Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Pablo escribe a su amado hijo en la fe con el fin de darle aliento en su labor dentro de la comunidad de Éfeso, “te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad.” (1Tim. 3:15).


El primer capítulo parece dividido en cuatro secciones, el saludo, después continúa una advertencia contra una doctrina falsa, un testimonio de Pablo y finaliza con algunas instrucciones para Timoteo.


En la segunda sección encontramos lo que nosotros bien podríamos denominar “un testimonio” de la obra que Cristo hizo en la vida de Pablo. En este punto es donde me quiero detener. Porque al leer esta carta la Palabra nos confrontó a todos en este acto piadoso de los cristianos, contar nuestro testimonio. Vaya, ¿quién es un testigo? Si nosotros damos testimonio de algo qué tenemos que decir, para qué… Continuemos y veamos como Pablo lo resuelve.


Pablo inicia de forma personal dando gracias a Cristo Jesús que le fortaleció, tomándolo por fiel y poniéndolo en el ministerio. Después el apóstol describe la condición en la que estaba cuando se encontró con el Señor: “siendo yo blasfemo, perseguidor y agresor; pero Dios tuvo misericordia de mí porque yo era un incrédulo y actuaba con ignorancia”.


Pablo expone sus credenciales que lo acusaban y eran acusaciones serias que lo ponían en problemas con Dios, en primer lugar: blasfemo, ¿Pero cómo blasfemaba Pablo siendo fariseo?; por el resto de las acusaciones: perseguidor y agresor, entiendo que se refiere a su actuar contra la comunidad de cristianos. Sin embargo, vemos la intervención de Dios “se me mostró misericordia”. ¿Cómo es posible que la misericordia sea suficiente para cubrir semejantes acusaciones? Encontré que la palabra en griego para “misericordia”, en esta parte es éleéthén, lo cual bien pudiera traducirse como “Fui objeto de compasión”; por otra parte vemos que también se tradujo como misericordia la palabra Éléos, que a su vez es la traducción al griego de la palabra hebrea hésèd que se puede traducir como amor. ¿Pero por qué Pablo dice que Dios le mostró misericordia y no gracia? Según el comentario de John MacArthur, “La misericordia difiere de la gracia en la que la gracia quita la culpa, mientras la misericordia quita la miseria que causa el pecado. Pablo recibió, junto con la gracia salvadora, el inmerecido alivio de la miseria”. [1]


De esa forma el apóstol inicia el relato a Timoteo de cómo la obra redentora de Jesús lo encontró, “entre los cuales [pecadores] yo soy el primero”. Al final de esta sección Pablo termina con una doxología, una palabra de gloria, alabanza y bendición: “Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.” Leamos esto como resultado de un corazón que se sabe pecador pero que ha recibido de parte de Cristo el amor, gracia y misericordia. Lo que vemos aquí es el resultado del testimonio personal de Pablo, a una vida culpable y la intervención inmerecida, gloriosa y misericordiosa de Dios el apóstol solamente puede dar gloria a Dios.

¿Pero por qué Pablo incluye su testimonio? ¿De qué forma piensa él que podrá ser de provecho y aliento a su amado hijo Timoteo? Si lo leemos en su contexto, la sección anterior era un exhorto contra las falsas doctrinas, de tal forma que está poniendo énfasis en la verdad del evangelio, en la centralidad de Jesucristo, en su acción redentora, en su gracia, amor, y misericordia; por lo tanto ése mismo Jesús sigue dispuesto a dar gracia, amor y misericordia para el pecador más ruin que sinceramente se acerque a él. Para finalizar, Pablo deja de manifiesto que cualquier testimonio de la obra de Cristo en su vida está centralizado en la acción redentora de Jesús, para quien es toda la gloria.


Ahora, en muchas de nuestras congregaciones o reuniones acostumbramos a “dar nuestro testimonio” a la comunidad [Algunas cosas simplemente hay que decirlas, pero más allá de la máxima de “la forma del contenido”, o como dices las cosas, hay un escalón más alto y de igual importancia que bien podríamos sintetizar en una frase útil como esta: “el para qué del contenido”], pero ¿Por qué lo hacemos? ¿Cuál es la verdadera intención en nuestro corazón al hacerlo? ¿Qué decimos, de qué damos testimonio? ¿Lo hemos vuelto la oportunidad para demostrar ante la comunidad lo pecadores que fuimos y lo santo que ahora somos? ¿Hablamos más sobre lo que era y agregamos el “pero ahora yo”, “por eso ahora yo”, “desde entonces yo”, “ahora hago”, “ahora digo”? ¿Utilizamos ese tiempo para demostrar la espiritualidad en nuestra vida? ¿Nuestro testimonio es de aliento?


Vimos que Pablo centró su testimonio en la persona de Jesús y su obra en su vida y no al revés, “yo en la obra de Jesús”; asimismo finalizó diciendo: “por tanto”, es decir, por todo lo anterior, “al”, es decir, a una persona: “el Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios”; “sea”, o en otras palabras, de Él sea todo el crédito de la obra: “Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos.”; y termina exclamando: “Amén.”, que quiere decir así sea.


Pensemos en unos momentos en aquellas veces que escuchamos “testimonios” que fueron más una oda a los pecados del “testigo” y que centra el tiempo en lo que era, minimizando la acción de Jesús; o en otros donde el “testimonio” se convirtió en una exposición de la espiritualidad del autor: “ahora yo hago, ya no soy así, ahora soy…” y el “yo” deja de lado a Jesús. ¿De qué manera nos convertimos en testigos experimentadores de la gracia, amor y misericordia de Jesús, de tal manera que nuestra vida conduzca a otros a reconocer la obra salvadora de Dios en Jesús? ¿Cómo nos convertimos en señales que apunten a Jesús? Por lo tanto, si hemos de hablar, seamos conscientes de que damos testimonio de Jesús y su obra y no de nosotros; así, centraremos la atención en Cristo -de quien damos testimonio, en su gracia, amor y misericordiosa para todo el pecador, por lo que damos gloria a Dios.


Algunas cosas simplemente hay que decirlas, no las podemos callar, pero más allá de buscar la “forma correcta de hacerlo” -la máxima de “la forma del contenido”- pensemos en el para qué de lo que digo. Si habremos de dar testimonio que sea de Jesús y su obra en nosotros para que anime a la comunidad a seguir compartiéndole y a los que no lo conocen a buscarle, pero sobre todo, que al hacerlo no tengamos otra opción que dar gloria a su nombre al recordar su obra en nosotros. Así sea.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Me gusta y qué


Nadie escapa a su ciudad, cuando yo recorro en la que vivo encuentro un acto de realidad en cada esquina, las historias brincan en las banquetas para que las vean. La ciudad es un espacio de relación entre los que la habitan, aunque solamente nos demos cuenta de eso cuando alguien se equivocó y nos hace retardarnos cinco minutos… me gusta habitar Tijuana…

viernes, 11 de diciembre de 2009

Vida en su hablar


El que escribe sabe que, lejos de ser el mejor escritor del mundo, es un pescador de letras, por lo tanto aguarda y cultiva paciencia, casi nunca se pesca a la primera. ¿Lo haz intentado? Salir a la playa, mojar tus pies en el frío mar, undirte suavemente en la arena, poner tu esperanza en la punta del anzuelo, adentrarte al mar, sentir la fuerza de las olas golpeando tu pecho, burlar algunas de ellas y lanzar con fuerzas el metal curvado con la plomada en la punta, verlo volar y caer de prisa para bucear en el profundo mar buscándo un rico pez que tenga ganas de pasear.

El que escribe piensa, con determinada certeza, en la existencia de un yo-otro que lo leerá, por lo tanto se preocupa por inventar un lenguaje que ambos puedan decifrar. Pero se haya en la tremenda dificultad de hacerlo a la primera. Por eso buscó en su mochila de viajero, en la caja de recuerdos que guarda en el primer cajón de su armario, en las postales de la pared, en la pintura que le obsequiaron antier y no encuentra los signos perfectos para trasladar sus ideas de su lugar social a un texto e incertarlo en un sistema comunícativo a donde irá a parar, teniendo existencia propia, fuera del que lo verbalizó. No obstante la dificultad de la terea intenta hacerla, búsca pero no encuentra, por lo tanto imita.

Y es que la prueba más grande de la creación de Dios somos nosotros mismos, nuestra inquietud de hablar, más allá del acto de comunicar, la reproducción perfecta del acto creativo de la Divinidad en la acción del lenguaje. De ahí que el orígen de la vida está en Dios, en su acto de hablar. La creación de la nada a partir de las palabras, la evocación a un pasado por medio del lenguaje, la silueta de un futuro que no es y se traza a través de las palabras. La creación reproduciéndose y recreandose en cada verbo y sujeto pronunciado. La belleza del lenguaje, el contacto directo con el génesis primero y la idea impresa en el alma del Dios a quien pertenecemos, repitiéndose y regrabándose en cada palabra pronunciada, la perfección de la imagen y semejanza de la obra hecha: el ser humano.

El que escribe sabe que otro lo leerá, de ahí la importancia de su lengua, del cuidado con el que se esmera, la importancia que recae en ella, la responsabilidad de su contribución en la creación dada. ¿Tanto poder en el habla? Grandiosa verdad. La culpa acumulada a causa de las palabras pronunciadas: las maldiciones hechas castillo, las mentiras comedoras de verdad. ¡Pero hay esperanza, se puede cambiar! Hay campos que con la palabra se pueden sembrar, la comunicación del mensaje encarnado y hablado por Dios a la humanidad, el Jesús verbo y acción, el florecer del testimonio de una verdad: Yo hago nuevas todas las cosas.