domingo, 26 de mayo de 2013

Reunidos por el Dios de la Palabra



Pedro acostumbara decir: "No tengo amigos", finales de 2005 o principios de 2006, al corto tiempo, cuando los tres sabiamos que "ya eramos amigos o que al menos sí queriamos serlo", Ale y yo volvimos a preguntarle y esa ocasión contestó que "Eramos sus amigos subsidiados por la Universidad", ya era un avance. 


Alejandra, Pedro y yo nos conocimos cuando iniciamos la universidad, esa carrera de historia que si bien no nos a cumplido con todo lo que promete, sí fue una oportunidad dada por Dios -quiero creerlo ya que cosa tan buena no puede provenir sino de Él- para conocernos. Esto ocurrió tal vez por oblicación, ya que estabamos en el mismo salón de clases; por conveniencia, pues los tres hicimos un excelente equipo de trabajo; o por irlo deciendiendo, para darnos el beneficio de la duda y respetar así la elección de cada uno. 





Al paso de los años y por seguir frecuentándonos creo que es por mucho más que eso y que pocas veces se puede articular, probablemente porque no haya palabras pero que desde los tiempos antiguos hasta los últimos sabios del Internet llaman "amistad". Con el tiempo apareció una persona más, una chica callada y misteriosa, Pahola, que entre que tomaba clases y no se dejaba conocer, de pronto coincide en no sé donde con Pedro, y con la misma sorpresa al tiempo se hacen novios. Ya eramos cuatro. Ellos dos, Ale y yo. 




Desde la universidad Ale, Pedro y yo nos reunimos a leer el evangelio de Marcos, ya que Jesús se convirtió, por encima de la teoría, filosofía e historiografía, en nuestro punto en común. Avancemos lento pero nos preguntabamos y pensabamos, cómo ese hombre crucificado nos desafiaba a vivir. 

Han pasado los años ya, por lo menos ya siete y nos seguimos reuniendo, es decir, dejamos que el Dios de la Palabra nos siga reuniendo, somos los mismos que hemos cambiado. Pedro y Pahola continuan juntos y tienen un hijo, se llama Herby, y es un gato; Ale y yo somos novios. Nuestros amigos están en la face terminal de su posgrado, Ale trabaja en COMPA como Asesora Regional y yo la mitad del tiempo profesor de secundaria y la otra en la asesorada con los compas. Los caminos se han ramificado, como las ramas esperanzadoras de fruto de un grueso tronco, o como los pámpanos de la vid, usando una analogía más ad hoc. Sin embargo seguimos dejando que el Dios de la Palabra nos reuna. 

El tiempo nos recorre y provoca cambios, llenamos la mesa con nuevas experiencias, reconocemos, detrás de esos rostros ya adultos, las mismas líneas universitarias que nos encontramos en lo que intentamos llamar, llenos de utopía como "el círculo de Otay". Jesús es el mismo, sus pasos en medio del polvo de la tierra, sus enseñanzas del Reino, su amor por el Padre, su pasión y su resurrección. Ahora leyendo el evangelio de Lucas nos preguntamos qué significa seguir a Jesús, todavía, no podemos olvidarlo, ¿Cómo debe ser la vida que trabaja para construir el Reino? 


Agradezco a Jesús por la oportunidad de pensar en comunidad con mi novia y amigos qué significa seguirle y cómo debemos responder a su invitación de andar a su lado. 


Música, chistes, experiencias nuevas y frustrantes, descubrimientos en el archivo, cultura política, familia, sueños, la vida, sí, la vida misma que procuramos ser conscientes que vivimos para responsabilizarnos por ella, es la que compartimos, cada vez que Pedro, Pahola, Ale y yo dejamos que el Dios de la Palabra nos siga reuniendo. 


Amén para que así siga siendo.

 
 

 



martes, 14 de mayo de 2013

Se llama amor


Ante ti Señor,
no hay engaño
conoces muy bien mi corazón.
Persistes en tu intento
de encontrarme en mi desolación.
Tus ojos me observan
Se llama amor.

Permaneces cerca,
yo no lo puedo comprender.
Invitas y sirves la mesa,
lavas mis manos y mis pies.
Ante mi sorpresa no digo nada
Has cautivado todo mi ser.

Tu gracia me abraza
Cubre el frio tu perdón,
no entiendo nada,
se llama amor. 

martes, 7 de mayo de 2013

NUESTRA FE, DANIEL SALINAS


Recuerdo que una de las razones principales por las que las clases de matemáticas en la escuela no me gustaban, o al menos me eran indiferentes, era porque nunca lograba relacionarlas con la vida cotidiana, mi vida. Sabía, o al menos había creído lo que los y las profesoras decían: “las matemáticas son básicas, indispensables y sumamente necesarias para vivir”. Sumar, restar, multiplicar, sacar porcentaje era tan importante a la hora de comprar como respirar a la hora de nadar. Ahora no dudo de su vitalidad, sin embargo pienso que, de haber tenido profesores dispuesto a enseñarnos a relacionar la teoría con la realidad, probablemente yo habría sido distinto. Probablemente sería ingeniero en lugar de historiador. En el último semestre de preparatoria por fin un profesor explicó la relevancia útil de la materia de cálculo, descubrió los números detrás de la vida y no se cansó de repetir que “aprender esto ayudaría a leer aquello, por lo tanto sabríamos cómo reaccionar”. Es decir, podríamos ver distinto lo común y podríamos responder.
                Con la fe parece que sucede algo similar, es difícil relacionarla con la vida, la hemos creído porque alguien la dijo, no la entendemos del todo porque no se toman el tiempo de enseñarla ni explicarla. Por lo tanto, al paso del tiempo,  comparando nuestra vida, motivaciones, sueños, anhelos, deseos y acciones con otros que no creen nada o creen algo distinto a nosotros, nos parece que no somos tan diferentes como habríamos pensado.  ¿Dónde está el problema? ¿Mi fe es incorrecta, no es útil para la sociedad actual, la estoy practicando mal, es mejor la del otro? Probablemente la respuesta está en que no nos han enseñado cómo esa fe debe influir, transformar, modificar y guiar la vida.

                Los domingos las iglesias se llenan de sermones, palabras, muchas palabras, aun cuando todas esas palabras fueron una exégesis bíblica prodigiosa se corre el riesgo de quedarse en palabras. ¿Qué sucede con eso el resto de la semana?

                Para los que nos decimos seguidores de Jesús de Nazaret, es decir, los cristianos, la base de la fe, que encontramos en la Biblia ha quedado plasmada en algunos temas no negociables que la caracterizan e identifican como evangélica. Una base de fe, un credo que todos los seguidores de Jesús han de “creer”. ¿Y la práctica cotidiana de esa base de fe? Esta pregunta es la que intenta responder el libro Nuestra fe de Daniel Salinas. En palabras del autor: “¿Cómo relacionarla [la base de fe] con la vida práctica del día a día? ¿Qué tiene que ver esta base de fe con mi vida como estudiante, hijo, padre, trabajador, etc.? ¿Cómo aplico este núcleo cristiano a mis relaciones, negocios y decisiones?”. A lo largo de este texto se nos presentan temas como Dios trino, Dios soberano, La palabra inspirada, ¡Resucitó!, ¡El Consolador! o ¡El Cuerpo de Cristo!, todos éstos tomados de la base de fe evangélica y los aborda en un lenguaje sencillo y para nada rebuscado, que lejos de pretender ser autoridad o un tratado de apologética, pretende generar preguntas y propuestas para que los cristianos podamos vivir a la luz de la fe en Jesús.

                Nuestra fe no es un tratado teológico para pastores o líderes de iglesia, es un libro pensado para todo el cuerpo de Cristo, es una introducción a estos temas que conforman nuestra fe, pero es ante todo una invitación a preguntarnos ¿Qué cambiaría de mi vida si dejo de creer esto? Estoy seguro que la lectura de este libro será un desafío para todos por la necesidad de respuesta personal-comunitaria que demanda el seguimiento de Jesús pero sobre todo porque nos edificará para seguir sobre la roca que es Cristo.