Melina
Había caminado despistado sin considerar quien estaba a mi lado sentado en la terraza del café de enfrente, había más motivos que la curiosidad para acercarse a aquel sujeto de mirada concentrada y larga cabellera que descansaba tarareando alguna canción. Defraudado por no poder adivinar su nombre pregunté al mesero, que con atención le servía más vino y conducía a alguna mujer hasta él, a quien con atención saludaba y escribía alguna frase sobre la servilleta o sobre algún cartón. "Es Camilo Sesto", dijo el mesero y yo ignorante como siempre respondí: "¿Quién?", pero al escucharme sonrió pensando que estaba asombrado y no confudido. De tal forma que como me ocurrió con Rubén Darío la ocasión anterior, me presenté formalmente y esperé su benevolencia, para dedicarme algún instante de su tiempo, y con gratitud me senté ante él cuando me dio la bienvenida. Platicamos y le escuché cantar, quedé satisfecho, él se disculpo por marcharse cuando llegó por él una bella muje...