viernes, 11 de diciembre de 2009

Vida en su hablar


El que escribe sabe que, lejos de ser el mejor escritor del mundo, es un pescador de letras, por lo tanto aguarda y cultiva paciencia, casi nunca se pesca a la primera. ¿Lo haz intentado? Salir a la playa, mojar tus pies en el frío mar, undirte suavemente en la arena, poner tu esperanza en la punta del anzuelo, adentrarte al mar, sentir la fuerza de las olas golpeando tu pecho, burlar algunas de ellas y lanzar con fuerzas el metal curvado con la plomada en la punta, verlo volar y caer de prisa para bucear en el profundo mar buscándo un rico pez que tenga ganas de pasear.

El que escribe piensa, con determinada certeza, en la existencia de un yo-otro que lo leerá, por lo tanto se preocupa por inventar un lenguaje que ambos puedan decifrar. Pero se haya en la tremenda dificultad de hacerlo a la primera. Por eso buscó en su mochila de viajero, en la caja de recuerdos que guarda en el primer cajón de su armario, en las postales de la pared, en la pintura que le obsequiaron antier y no encuentra los signos perfectos para trasladar sus ideas de su lugar social a un texto e incertarlo en un sistema comunícativo a donde irá a parar, teniendo existencia propia, fuera del que lo verbalizó. No obstante la dificultad de la terea intenta hacerla, búsca pero no encuentra, por lo tanto imita.

Y es que la prueba más grande de la creación de Dios somos nosotros mismos, nuestra inquietud de hablar, más allá del acto de comunicar, la reproducción perfecta del acto creativo de la Divinidad en la acción del lenguaje. De ahí que el orígen de la vida está en Dios, en su acto de hablar. La creación de la nada a partir de las palabras, la evocación a un pasado por medio del lenguaje, la silueta de un futuro que no es y se traza a través de las palabras. La creación reproduciéndose y recreandose en cada verbo y sujeto pronunciado. La belleza del lenguaje, el contacto directo con el génesis primero y la idea impresa en el alma del Dios a quien pertenecemos, repitiéndose y regrabándose en cada palabra pronunciada, la perfección de la imagen y semejanza de la obra hecha: el ser humano.

El que escribe sabe que otro lo leerá, de ahí la importancia de su lengua, del cuidado con el que se esmera, la importancia que recae en ella, la responsabilidad de su contribución en la creación dada. ¿Tanto poder en el habla? Grandiosa verdad. La culpa acumulada a causa de las palabras pronunciadas: las maldiciones hechas castillo, las mentiras comedoras de verdad. ¡Pero hay esperanza, se puede cambiar! Hay campos que con la palabra se pueden sembrar, la comunicación del mensaje encarnado y hablado por Dios a la humanidad, el Jesús verbo y acción, el florecer del testimonio de una verdad: Yo hago nuevas todas las cosas.

1 comentario:

  1. En el principio era el Verbo, era con Dios... Y Dios dijo "Sea la luz", y fue la luz...

    Nunca he ido a pescar, pero entiendo la analogía de esperar a que alguna palabra o frase se deje atrapar. Pero también es un proceso que implica estar dispuestos a escuchar La Palabra, entenderla, para después poder comunicarla; no vaya a ser que, como dices, construyamos castillos con maldiciones.

    Me gusta lo que dices, respecto a la creación reproduciéndose y re-creándose en las palabras, en el lenguaje. Interesante.

    Esto ayuda a comprender mejor por qué la Biblia habla de refrenar la lengua y de tener cuidado con lo que decimos: lo que contamina es lo que viene del corazón... ¡qué se externa a través de nuestras palabras!

    Gracias por esta reflexión!
    Saludos!

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