¿Qué ciudad es esta que camino?

¿Qué ciudad es esta que caminoJustificar a ambos lados? Estoy sentado a la mesa, en bancas color rojo tapizadas de vinil, los dueños del negocio son chinos, los meseros, con orgullo y dignidad, mexicanos: ¡Bienvenido a Tijuana!
A poco menos de mil pasos me detendrá, si pretendo continuar, una fría malla inconmovible y los helicópteros a la distancia me avisan que si la cruzo me convierto en peligro, en un agente patógeno para otro. ¿Yo? Que ahora estoy sentado esperando que mi paisano me tome la orden y un cocinero extranjero me cocine algo que es más brocoli que pollo -el mundo es injusto-. Aunque todavía dudo que esa carne, que ahora veo en mi plato haya hecho en vida "pio, pio" o haya tenido por primera habitación un delicioso huevo.
Interrumpen mi aperitivo una mirada azul y fría, mis vecinos de mesa hablan inglés, sobre trabajo y amigos, según alcancé a escuchar y entender, yo que no hablo esa lengua.
Mientras como, sigo pensando en el café que me aguarda, en mis versos postergados, en mi trabajo pendiente, en cómo explicar la Ilustración a tres grupos de pubertos.
Escucho contento que desde el otro lado del restaurante viene amenizando el sonido del choque de los tenedores y los platos esa cnción que una vez al año te recuerda cuan vijo te estás volviendo: "Happy Birthay tu you..." Y yo todavía pensando ¿Por qué me engañaron dándome más brocoli que carne dudosa de "pios"? Ni cómo molestarme, mi paisano no cocina, me entiende, al menos eso espero.
Interrumpen mis cavilaciones un tanto ociosas la flagante entrada de siete judiciales o, en la mayor honestidad del habitante promedio de esta ciudad: siete individuos armados, porque después de todo, las armas dividen a las personas -porque ellas no van juntas con el "ser humano"- en dos grupos diferentes: quienes las portan y quienes las preferimos lejos y encerradas; corrección, diez hombres armados y una mujer joven. No cabe duda, pienso, es hora de retirarse muy lejos de aquí, por seguridad.
Tomo un último gajo de naranja, postre de cortesía -a manera de consuelo por la estafa de la ausencia de pollo en el brocolli- y guardo las dos galletas de la suerte para comerlas después lejos, en paz, porque después de todo, éstas fueron hechas en Nueva York, muy lejos de esta Tijuana, por lo que me entra la duda de que sus fortunas no contemplen inmunidad en medio de balaceras a deshoras.
Y yo vuelvo a caer en cuenta que no entiendo más esta ciudad que camino... o es tal vez, intuyo, que si la camino, es ahí, en el andar, donde puedo pensarla o inventarla, para mí y para los otros, mientras ellos la caminan y la piensan e inventan para simismos.

Satisfecho y contento Abdiel pide la cuenta, paga su deuda, recuerda al paisano, deposita la propina, saluda, se despide, toma sus cosas y se va lejos de las armas, de las estafas, del extranjero; cerca hay un malecón remodelado a la orilla del mar, toma rumbo hacía allá, tal vez ahí se pueda realizar un buen intento de pensar...

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