EL AMOR Y LA SEXUALIDAD EN LA BIBLIA I



Hace tiempo compré el libro  El amor y la sexualidad en la Biblia de Pierre Debergé, publicado en México por el ITESO y la IBERO en 2007.

Su lectura ha sido un buen ejercicio para seguir reconociendo y pensando la diferencia entre ser hombre y ser mujer (preguntas propias y compartidas por mi mejor amiga), así como la búsqueda por encontrar el espacio donde éstas no lastimen a ninguno de los dos. Este libro ayuda a comprender desde la Escritura esta cuestión, pienso, aquí radica la riqueza. Por lo tanto dejaré aquí algunas reseñas por capítulos. El libro consta de cuatro y en esta ocasión dejo aquí el primero "A lo largo de la Biblia, el amor humano".



 Aquí dejo el link donde se puede leer la Introducción



“Por esto elegí interrogar a la Biblia, no para buscar en ella soluciones a cuestiones de hoy son porque en este libro abunda a experiencia y la reflexión de creyentes que han legado a la humanidad, también sobre el amor y la sexualidad, una enseñanza que rebasa las meras condiciones históricas particulares en las que se elaboró.” P. 12
Capítulo I
A lo largo de la Biblia, el amor humano
“No hay, entonces, ningún “tratado” de sexualidad en la Biblia. Lo que encontramos es el relato de la manera en que ciertos hombres y mujeres enfrentaron un aspecto esencial de la humanidad: la necesidad de amar y ser amados. Estos hombres y estas mujeres vivían, por supuesto en condiciones culturales diferentes a las nuestras. Lo que es más: habían  tenido la experiencia de un Dios que se había revelado y había hecho Alianza con ellos. Nunca lo diremos lo suficiente: la Biblia no es un código moral; es ante todo un libro que habla de Dios y nos entrega la Revelación de su amor infinito y eterno por la humanidad.” P.13
Una sexualidad desacralizada
La creencia compartida por los pueblos de Palestina del siglo XII a.C. era que el universo estaba poblado por divinidades femeninas y masculinas depositarias de la fecundidad y fertilidad. Por lo tanto fertilidad y sexualidad se relacionan en el imaginario de estos pueblos. Además, considerando esto en su aspecto geográfico, la región es una tierra de temporal, a pesar de sus ríos, por lo que la lluvia es indispensable para la cosecha y supervivencia. Por lo tanto la adoración a estas divinidades incluía entre los frutos del campo, la prostitución sagrada y sacrificio de niños para asegurar la fertilidad de la tierra. De tal manera que a su llegada de Israel a Canaán, después de la liberación de Egipto, el pacto y el camino del desierto, no podía más que sorprenderse por los cultos de los pueblos cananeos.
            A pesar de las advertencias de Dios de no participar en estos cultos y olvidarse de él, Israel se aparta y ese Dios que hizo Alianza con el pueblo envía a sus mensajeros, los profetas, para recordarle su relación especial que tienen con el Dios verdadero. En relación con las divinidades de la fertilidad que se relacionaban entre sí como lo hacen los seres humanos, los profetas rescatarán la imagen de un Dios como marido engañado en cuanto al amor que Él tiene por su pueblo. “¡Porque no es macho ni hembra y no se le ha de asociar a ninguna diosa por el estilo! Asimismo, de todas las representaciones humanas que se empleaba para describir a las divinidades, Oseas se quedará sólo con dos: la de un Dios-esposo y la de un Dios-Padre. Pero, al despojarlas de toda connotación sexual, abría camino a una visión muy particular de la sexualidad humana” p. 19
Esto plantea una interrogante al pueblo de Israel, si su Dios no es sexuado como lo eran los de las naciones, y para adorarle su culto no está mediado por la sexualidad, cómo integrar la sexualidad a la vida cotidiana. “La respuesta bíblica es simple: la sexualidad y la fecundad no son fuerzas misteriosas que el hombre deba domesticar para asegurar la benevolencia de las divinidades; el cuerpo y la sexualidad han sido entregados bajo la responsabilidad de los hombres para que participen del poder creador de Dios. Este es el cambio fundamental que opera la Biblia: no se participa de una sexualidad divinizada sino del poder creador de Dios; se reconoce que ninguna de las fuerzas activas en el mundo, ni la sexual, puede calificarse como divina, porque todas tienen en Dios su exigencia pero en calidad de creaturas. A partir de este hecho la sexualidad no debe ser sacralizada sino santificada. Surge así una diferencia fundamental entre lo sagrado y lo santo. Lo sagrado es externo a la libertad del hombre y puede ser aterrador; o santo pasa a través de la libertad humana. Siempre en su colaboración, es el despliegue de la vida divina en todos los aspectos d la existencia humana.” P. 19-20.
Por lo tanto, el pueblo de Dios deberá entender que la sexualidad no pertenece al campo de lo sagrado, lo oculto, misterioso y divino, sino a la esfera de lo cotidiano, bajo la responsabilidad del ser humano, que si bien no la comprende del todo, la santifica, consciente que por medio de ella puede llegar a participar en la obra creadora de vida junto con Dios, reconociendo que ésta proviene sólo de Él. “Es justo ahí donde reside la ambigüedad de la sexualidad que, una vez desacralizada, es reconocida como lo que es: una realidad buena y temible a la vez. Buena, porque es indispensable para la supervivencia de los grupos humanos y les proporciona la participación de la obra creadora de Dios. Temible y peligrosa porque puede ser idolatrada y pudiera poner en riesgo la cohesión de los grupos  a quienes debía servir.” P. 22
Sexualidad, fecundidad y violencia.
Esta relación entre sexualidad, fecundidad y violencia se teje en el contexto del Antiguo Testamento, a partir de la mortalidad infantil elevada y la muerte de mujeres durante el parto, la fertilidad se convirtió así en una condición indispensable para la supervivencia del grupo. En algunos casos también el condicionante del amor del esposo a la esposa. Por lo que la esterilidad se consideró una maldición, recuérdese el caso de Sara, esposa de Abram; Raquel, esposa de Jacob y Ana, la madre de Samuel, sobre las tres recaía la afrenta de no poder tener hijos.
La pregunta que surge es la siguiente, ¿Qué relación tiene la violencia con esto? El autor la explica como justificación para la preservación de la fecundidad y pureza de las mujeres (madres) por considerarlas indispensables para la preservación  del grupo. De ahí el ejemplo de Dina, hija de Jacob, que es abusada por Siquén. Ante la afrenta dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, condicionan la entrega de la hermana en matrimonio hasta que Siquén y todos los hombres de la ciudad que él habitaba se circuncidaran. Cuando los varones sufrían las consecuencias Simeón y Leví matan a todos y saquean sus propiedades. ¿Cómo explicar este acto violento? “Tenemos la impresión de que no era el hecho de que su hermana [Diana] hubiera sido víctima de violencia lo que les causaba problema [a Simeón y Leví] sino ¡que tuviera relaciones sexuales con un extranjero! En una sociedad en la que era fundamental preserva la integridad del clan y evitar que las hijas-madres se encontraran sin recursos, Simeón y Leví evidentemente consideraban que salvaguardar la pureza de su familia justificaba las sanciones más violentas y hasta la guerra. Todo esto sin importarles ver al final a su hermana –a quien parece que nadie le pidió su opinión- sola y destrozada.” P. 30.
Entre desconfianza y desprecio
La penetración del helenismo en Palestina, siglo IV a.C., influyó a los pueblos en su concepción del cuerpo y la sexualidad. El culto al cuerpo y el erotismo se convirtieron en aspectos primordiales de la cultura. No obstante, al mismo tiempo, la filosofía platónica incorporó un aspecto negativo del mismo, al considerar el cuerpo como una prisión del alma. Por lo que se gestó una tensión entre la búsqueda del placer y el ascetismo sexual “que podía llegar hasta la asistencia total. Con frecuencia esta actitud estaba acompañada de una cierta idealización de la virginidad, consecuencia, en ocasiones de un desprecio evidente de la mujer”. P. 32. Esta influencia helenista, comenta el autor, influyó en la corriente sapiencial, que manifiesta cierta desconfianza hacia las mujeres y la sexualidad. 

¿Y el cantar de los cantares?
Cómo leer este libro en el marco del Antiguo Testamento, donde la referencia de la sexualidad es “como factor de humanización y de santificación” esencial en la vida de los hombres (y mujeres) por medio de la cual participan en la obra creadora de Dios. Este libro enriquece esta concepción al mostrar el amor fuera de la perspectiva de “la fecundidad carnal”. “Amante y deseosa de ser amada, la joven se muestra activa, viva y anhelosa. Ella busca y espera a aquel a quien ama, y vibra con el anuncio de su llegada. Él se maravilla delante de ella, cuya belleza lo hace perder el sentido”. 43. Es un libro que inicia con la espera de amado, que continua con las escenas de los amantes pero que concluye con la ausencia de uno de ellos y la búsqueda. ¿Por qué? “¿Será que la amada no ama más a su amado? Ciertamente que no. Es más bien lo contrario. Si bien exclama al principio “Mi amado es para mí, y yo para mi amado”, ella ha descubierto que en todo amor vivido a plenitud debe permanecer el espacio de cierta distancia. También ha comprendido, sin duda, que el amor más auténticamente compartido no puede abolir una soledad necesaria, porque la distancia y la soledad son condiciones del amor auténtico, que no sueña con una fusión. Por esto hay que aceptar que el otro escape del control que pudiera ejercerse sobre él o, simplemente, de la idea que se tiene de él. Debe ser amado en su singularidad y en su distancia, que puede estar formada, a veces, por sus debilidades. Él no es para mí, yo no soy para él, somos por completo uno para el otro, en la aceptación del impulso que invita a cada uno a desapropiarse de sus sueños y de su omnipotencia, para ser capaz de acoger y de dar” p. 44.
“El amor auténtico no se construye fuera de la diferencia y la distancia mantenidas. Cuando esto se olvida, puede convertirse en una tiranía que destruye la relación al destruir al otro.”

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