jueves, 2 de enero de 2014

Continuar en el camino



Cada vez pienso y me convenzo más de que el tiempo es una convención inventada impuesta e incluso autoimpuesta; vivimos sujetos al tiempo y no sabemos cómo liderar con ello, suponemos, algunas ocasiones, tener en exceso, pero es una simple percepción explicada por la Neurociencia; otras veces, sufrimos por no tener suficiente, pero es una simple consecuencia de nuestra desorganización cotidiana. La realidad nadie sabe con exactitud de cuánto tiempo dispone -las horas se miden igual para todos, ricos y pobres gozamos de horas de sesenta minutos cada una-, salvo los enfermos en etapa terminal, porque aparentemente tienen su tiempo contado. Luchamos contra el tiempo, como Will Salas en la película In time, intentamos dominarlo, sacarle el máximo provecho, alargarlo y borrar su paso de nuestro rostro y manos pero siempre es inútil, no lo tendremos de sobra, algún día se nos va a acabar como a todos por igual, sin importar aparentemente qué hicimos con el que tuvimos. Y así, el tiempo pasará y entre todo el mundo que habrá de continuar llegará el instante donde nadie nos podrá recordar. Somos gloriosamente insignificantes; mortales deseando un trago de eternidad. Ante nuestra compleja paradoja considero, como la opción más sabia o al menos más prudente,  no molestarme por no tener el tiempo deseado, ni derrocharlo como si lo tuviera ya, sino mejor administrar bien el que llevo en mis bolsillos ya, esperar, con esperanza, tener suficiente mañana para administrar.

Veo el calendario, observo el paisaje por la ventana y no puedo dejar de pensar que algo anda mal, desajustado; entonces me siento absorto, asustado por esa sensación de suponer bienaventurados a las mujeres y hombres del pasado por disfrutar de una percepción distinta del tiempo. Sin embargo ésta siempre va cambiando. Por ejemplo, cuando era niño suponía que el mundo experimentaba una especie de “cambio” al inicio de un año nuevo, pero no es cierto, los colores son los mismos, la naturaleza se resiste, no reconoce otro reloj que verano-otoño-invierno-primavera o evaporación-condensación-precipitación. Pero si en la naturaleza no cambia nada del 31 de diciembre al 1 de enero, ¿Por qué habría de suceder entre los seres humanos si formamos parte de ella? Cada vez más espero con modestia esa transición digital rescatando la convivencia por encima de la celebración. Pues medimos el tiempo mal, ya nos lo demuestra nuestro cuerpo, quien lo mide magistralmente para vivir. Pero hay otros ciclos o procesos en relación con nuestra interacción con el Dios que se revela a los seres humanos en la historia, con nosotros mismos, los demás, la naturaleza, la sociedad y la cultura a partir de esa experiencia fundamental. Todos estos es obvio que escapan a la rigidez del calendario, el tiempo es para dimensionarlos, ubicarnos en ellos, no controlarlos, pues suceden obedeciendo otro plan, Su plan, nunca el nuestro. Tíldenme de apelar a una Teleología siendo historiador pero no puedo pensar distinto, disculpen. 


Esta publicación no es un manifiesto contra el tiempo, en todo caso sería contra el reloj, pero no, es la forma de convencerme a mí mismo de responsabilizarme de los próximos trescientos sesenta y cinco días que espero recibir de manos del Señor de la vida; es la forma de salir de la ilusión propagandística del “borrón y cuenta nueva”, pues, como ya lo he dicho antes, mis años nuevos inician en verano, por agosto –tal vez tengo demasiado interiorizados los ciclos escolares-, además, los procesos de vida en los cuales estoy inmerso continúan, no han terminados. Pero para no desentonar con la mayoría también me dispongo a tomar un tiempo para pensar en cómo seguir haciendo mejor las cosas; no son “mis deseos”, pues no siempre deseo lo que debería y porque eso me acerca a ver a Dios como genio, tampoco son “propósitos”,  pues supongo que el propósito de la vida es, como lo llamamos en el gremio de historiadores: de larga duración. La verdad no sé cómo llamarlos, creo que por el momento me satisface ponerles el nombre de “áreas de trabajo en mi vida”; no está mal, no es egoísta, pues supone que si uno vive una vida ha de ser la suya; además, implícitamente deja de manifiesto la complejidad e integridad del ser humano; asimismo, el calificativo “trabajo” me hace responsabilizarme por ellas y supone planeación, consejo, esfuerzo, fracaso, corrección, etcétera. 

En fin, necesito trabajar más la administración del tiempo, he avanzado en ese sentido, pero creo que al surgir más compromisos el tiempo sigue siendo el mismo y tiene que alcanzar para todos. No niego que ver mi agenda con eventos me produce ansiedad y que más de dos eventos en un mismo día me pone de nervios. ¡Y de repente salió! Pum, el meollo del asunto, todo lo anterior se resume en: seguir aprendiendo a confiar en Dios. No me gustan los cambios drásticos, quienes me conocen ya lo saben, pero me siento navegando con dirección a ellos por lo que me voy preparando. El Señor nos guíe y sostenga para seguir fieles a su llamado constante de comprometernos en amarle a él con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y a nuestro prójimo como a nosotros mismos sin importar lo difícil o riesgoso que eso signifique. 

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