viernes, 12 de agosto de 2016

MUDANZAS PARTE 2: Renuncia


Se cierran y abren etapas. Hoy firmé mi renuncia y formalmente dejé laborar en Colegio donde impartí clases desde hace seis años. El sentimiento de “checar” salida no fue el mismo, ya no se volverá a repetir, fue el último. Me voy satisfecho. Este ciclo de aprendizaje personal y profesional fue intenso y lleno de personas y buenos momentos. La docencia fue una inquietud lograda y en camino confirmo algo llamado vocación que estoy dispuesto a seguir practicando en los años futuros donde quiera que esté.

Por ahora me entristece dejar a las personas, al colectivo docente y demás personas con quienes conviví y trabajé semana a semana. En medio de todo nos divertíamos, sabíamos divertirnos. Fui el más joven del equipo pero siempre me sentí valorado y tomado en cuenta. Para un profesor primerizo, como fue mi caso, el compañerismo con varios docentes mucho más experimentados fue clave en mi propio ejercicio. Yo recomiendo este tipo de experiencias para quienes están iniciando y para quienes ya van en el camino y comparten con los recién llegados a la escuela.

Despedirme de ciertos alumnos y exalumnos también acarrea su nostalgia. Pude conocer y convivir, poco y profundo, con demasiadas personas en el aula, según mis cálculos rápidos fueron por lo menos cuatrocientos estudiantes en seis años. Simpatizar con adolescentes es un ejercicio titánico no siempre bien logrado y en constante entrenamiento. Todas las generaciones fueron distintas y cada persona única. Todas ellas cuentan con dones y habilidades sorprendentes. Todas necesitaban sentirse amadas en sus distintos lenguajes, con regularidad todas también necesitaban afirmación en aspectos variados, otras más, firmeza y contención. Tener oportunidad de conversar con adolescentes es una bendición. Siempre te recuerdan lo que no sabes del mundo de hoy y lo rígido y viejo que te estás poniendo con la edad. Convivir con ellos nunca fue un ejercicio de guante y bata, no puedes lidiar así con el abandono, el dolor, los traumas y las frustraciones con las que llegan de  casa. Pero ellos y yo necesitamos continuar el camino y agradecer las oportunidades dadas. Conforme crezco reconozco lo valioso del tiempo y lo terrible de perderlo.

Participé en una institución educativa donde fui desafiado en mi práctica docente y encontré compatibilidad entre su propuesta y lo que yo entendía en aquel entonces como el ejercicio docente. Aprendí, no lo dudo. Me sentí parte. Reconozco y agradezco. Sin embargo no convertiré en ídolo a ninguna institución, todas son perfectibles y caminan en ese proceso, algunas lentamente. A mí me ha tocado una experiencia en su mayoría buena. Como dijera un amigo sobre otros temas: “tal vez nos pudo ir peor, o mejor, quien sabe”.

Me retiro un tiempo de la docencia con un sentimiento agridulce. Por un lado llevo la satisfacción de ver el fruto del trabajo y decir que es bueno. Y por el otro la frustración de tener que ajustar la vida, el trabajo docente y el proceso de aprendizaje-enseñanza a los espacios, ritmos, calendarios, métodos y estrategias del Estado en materia educativa. Sigo pensando que el sistema educativo (del siglo XIX) debe reformarse desde la raíz para este contexto (siglo XXI). Estoy dispuesto a regresar al aula y a aprender para enseñar fuera de ella. No sé aún que depara el futuro en lo familiar, ministerial y profesional.

Salgo en buen momento a respirar aires nuevos y desarrollar actividades diferentes en otra ciudad y país. Me voy, cerraré la puerta de esta oficina y dejaré en ella el rol docente. Camino hacia la puerta, al cruzarla salgo pero también ingreso a un ciclo nuevo.  Por lo pronto estoy nervioso frente a la etapa siguiente, como los nervios en la panza el primer día de clases. Será un año nuevo, una etapa nueva donde espero, confiado en Dios, tener la oportunidad de ver nacer sueños nuevos y visión renovada.

Adiós. 

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