Navidad después de “Navidad”

La noche era convulsionadamente cotidiana, nada parecía extraordinario. Las personas recorrían la ciudad en el transporte público con los hombros cargados de cansancio y la cabeza llena de pendientes irresueltos. 

En la mayoría de las casas todo sucedía con regularidad. Los mismos rituales: cena, conversaciones con noticias del día y planes para mañana; duchas, cuentos para dormir, tareas, útiles escolares, niños llorando, discusiones matrimoniales, encuentros entre sábanas y soledades entretenidas con televisión o Internet. Todos encontraban su lugar normalizado durante las últimas horas del día. 

Mientras tanto, afuera tampoco nada parecía extraordinario. Las personas que duermen de día y trabajan de noche comenzaban apenas su oscura jornada entre la soledad nocturna y los esporádicos clientes desvelados. El ejército de veladores, obreros de turno nocturno, guardias de seguridad, cajeras de establecimientos 24 horas, mujeres forzadas a prostituirse, policías, meseros y DJs, se disponía a marchar, sin sobresalto, rumbo a su campo de batalla habitual. Nada sucedía fuera de los estándares de la ciudad. 

En cierta forma casi todo permanecía igual. Las personas enredadas en su propia vida apenas les sobraban instantes para mirar afuera, escarbando con los ojos entre las estrellas buscando esperanza. Todas las fantasías y locuras llenaban los recodos de conformidad. 
Sin embargo, esa noche no fue normal. Desde el cielo, en un gesto de amor, un Dios ignorado se vacío en carne, dentro del vientre de una migrante apenas adolescente. Aquel escándalo, ignorado por los últimos transeúntes de los bulevares y los videntes del mercado extraviados en estadísticas y algoritmos, no pasaría inadvertido para unos pocos sencillos seres humanos perdidos en la periferia del poder y la riqueza. 

No es que este Dios no ame también a los ricos y poderosos del mundo. Es cuestión de principios. Dios simplemente no comparte con ellos la visión del mundo, la avaricia como motor de la economía y la desigualdad entre unos pocos y todos los demás; o la opresión como expresión del poder. Pero ojalá estas fueran las diferencias que los separan a ellos de él. Lo cierto es que no, sino sus consecuencias: el falso sentimiento de seguridad depositado en su dinero, capacidades o belleza, que no les deja lugar en el corazón para esperar nada. Se sienten satisfechos, independientes, competentes y en el fondo: los dioses de su era. Ellos no necesitan que nadie los salve. Aunque este orgullo y soberbia no son exclusivos de quienes son ricos y poderosos; la padecen también quienes no llenan con sus recursos esos altos estándares. Pero a diferencia de quienes se sienten sobrados, los carentes se amargan entre la victimización y la negativa a recibir ayuda producida por la herida del orgullo. No, ellos tampoco esperan nada ni a nadie.
Había en la periferia de la ciudad, entre las naves del parque industrial, en lo profundo del edificio, en medio de la agobiante jornada de la banda de producción, a la luz artificial, un grupo de obreros que ensamblaban con monotonía piezas de televisión.

De pronto, se les apareció un ángel del Señor  y el resplandor de la gloria de Dios los llenó de luz de modo que quedaron sobrecogidos de temor. Pero el mensajero les dijo:
"No tengan miedo, porque vengo a traerles una buena noticia, que será causa de gran alegría para toda la ciudad. En la ciudad de Belén les ha nacido un Salvador que es el Mesías, el Señor. Esta será la señal para que lo reconozcan: encontrarán al niño envuelto en toallas y acostado en un sofá". En aquel mismo instante apareció junto al ángel una multitud de otros ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: 
"Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los seres humanos que gozan de su favor". 
Cuando los ángeles regresaron al cielo, los obreros se dijeron unos a otros: "vayamos a la ciudad, a ver esto que ha sucedido y que Dios nos ha dado a conocer". 

Salieron dejando de lado encendida la banda de producción, un supervisor amenazante, el transporte proporcionado "gratuitamente" por la empresa, su miedo a los asaltos de medianoche y dando por perdido considerablemente parte del sueldo, bono de puntualidad y asistencia. Los obreros salieron caminando en dirección a las luces de la ciudad sin entender plenamente en donde buscar. 

Pero las señales les salieron al paso. Frente al parque repleto de migrantes, deportados y gente sin casa que no hallaron espacio en el albergue, lloraba un niño. Ciegos por la verdad que habían recibido, caminaron como palpando con sus oídos el llanto del infante en el interior del albergue. Llegaron a la puerta preguntando por el niño, la persona que resguardaba la entrada les dejó pasar. Entonces los llevaron a la oficina, donde vieron a una pareja migrante. Ella estaba recostada en el sofá y cargaban un recién nacido en sus brazos envuelto en toallas. Ella, apenas una adolescente, sostenía contra su joven pecho a su hijo, mientras su esposo buscaba entre sus mochilas algo útil para el niño. 

Los obreros se acercaron para ver al bebé y contaron a sus padres lo que el ángel les habían dicho acerca de él. Todos los que les escucharon quedaron asombrados. Después de esto se marcharon. Y María, la joven madre, guardaba estas experiencias en su corazón. 

Después que nació Jesús en Belén de Judea, mientras Benjamín Netanyahu era primer ministro de Israel y Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos, llegaron un grupo de activistas internacionales a Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Natanyahu convocó a los sacerdotes y jaredís y solicitó a Trump que enviara una delegación de ministros evangélicos conservadores porque toda Jerusalén estaba turbada. Entonces todos los expertos religiosos respondieron a los activistas que el rey nacería en Belén. Natanyahu los despidió solicitándole regresar a informarle sobre el lugar preciso del nacimiento del niño para ir también a visitarle.

Cuando los activistas llegaron a la casa, vieron al niño con María, su madre; y postrándose lo adoraron.  Abrieron sus maletas y le presentaron regalos. Entonces, advertidos por un sueño de que no regresaran con Natanyahu, regresaron a su tierra por otro camino.
Por aquel tiempo el ejército israelí comenzó otra ocupación de territorios palestinos y José, esposo de María, fue advertido en sueños, para que tomara a María y al niño y huyera, porque lo buscaban para matarlo. José se despertó todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió de su ciudad.

Las consecuencias de la Navidad no terminaron, apenas comienzan con el nacimiento de Jesús, hijo de mujer y migrante. Hijo de Dios. La Navidad no es un hecho aislado de la vida de Jesús, destinado a condenarlo al olvido. Hay una vida de Jesús y enseñanzas entre el recuerdo del pesebre y la rememoración de su pasión, muerte y resurrección. El aislamiento de la Navidad de la vida de Jesús adulto nos conduce a una reducción de perspectiva de la obra de Dios. Además de resignificar una celebración religiosa en una celebración de la cultura y el consumismo (o lo que se nos antoje). 
 Fragmentar la Navidad es arrebatarle su buena noticia. Nació un Salvador, vivamos a la luz de este cumplimiento de Dios. Por lo tanto creamos en que el Reino de Dios ya está aquí y vivamos ya en él.
Cuando Jesús comenzó su enseñanza dijo: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. Su vida y enseñanza nos mostraron el verdadero carácter de Dios que rompió con las caricaturas que hacían de él los religiosos de su tiempo. Quienes le escucharon se sorprendían porque enseñaba con autoridad cosas que realmente tienen sentido.  Una ocasión mencionó: “Saben que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen. Así serán verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos, pues él hace que el sol salga sobre malos y buenos y envía la lluvia sobre justos e injustos. Porque si solamente aman a los que los aman, ¿qué recompensa pueden esperar? ¡Eso lo hacen también los recaudadores de impuestos! Y si saludan únicamente a los que los tratan bien, ¿qué hacen de extraordinario? ¡Eso lo hacen también los paganos! Ustedes tienen que ser perfectos, como es perfecto el Padre celestial.”
Y ante un grupo de religiosos enojados por su mensaje les dijo:
“Nadie Me la quita, sino que Yo la doy de Mi propia voluntad. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para tomarla de nuevo. Este mandamiento recibí de Mi Padre.”

Este Rey y Salvador, distinto a los reyes legendarios, posee un Reino sin fin. Su Salvación va más allá de los términos políticos e incluye la redención del universo entero. Nos encontramos frente a la locura de Dios hecho carne. No con un caudillo con revolución y dictadura.


Ante la monotonía cotidiana, el hecho extraordinario de la encarnación nos enfrenta a la verdad de quien es Dios. La afirmación “Jesús es Dios” es teológicamente correcta, sin embargo, no contiene la fuerza de la encarnación. A menos que digamos: “Dios es Jesús”. Dios está con nosotros, en este mundo. Con nosotros en medio de las dificultades de estos países podridos de corrupción o carcomidos por la explotación de los más vulnerables. Dios está con nosotros y su Reino crece, casi imperceptible como crece un grano de mostaza. Ante el descontento de muchos, el Reino de Dios se expande. Lo creamos o no. Nos guste o no. Porque Jesús nació, vivió, murió y resucitó las cosas no pueden seguir iguales.

El escándalo de Dios encarnado trastorna todos nuestros imaginarios de Dios y el poder. ¿Quién pensaría que ahora mismo en el Trono está Reinando el Cordero inmolado? Acaso no es cómico. Dios  tiene un muy buen sentido del humor. ¿Cierto? ¡Qué escándalo nos vino a traer la Navidad!

…y nosotros que nos preocupamos tanto por los detalles de las cenas y los regalos de una sola noche.

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