Altibajos


Indiscutiblemente todos hemos experimentado altibajos en  una u otra área de nuestras vidas. Recientemente los experimento en mi "vocación" como profesor. De repente me encuentro en un salón de clases rodeado de media cincuentena de adolescentes sobrestimulados por sus dispositivos electrónicos y muchos de ellos quebrados con profundas heridas en el alma. Siempre he pensado que para tener oportunidad de aprender quien enseña debe ganarse la confianza para hablar y ser escuchado. 


En el caso de la materia de historia de México mi propósito las primeras semanas siempre es generar curiosidad, combatir esa dura pared de aburrimiento encarnada en el rostro de los estudiantes que tengo delante de mí. No siempre logro derribarla por completo, en mis primeros años de enseñanza creía que lo hacía a la perfección, sin embargo en la recapitulación me doy cuenta que no lo fue tanto como lo pensé. Sin embargo  ¿qué he hecho diferente en las últimas ocasiones? 

Las relaciones lo son todo, temo decirlo pero antes tener empatía con los estudiantes era más sencillo. Tal vez porque las nuevas generaciones son distintas y cada vez compartimos menos en común; tal vez porque me siento cansado y tal vez porque porque yo mismo me desilusiono del futuro, del sistema educativo del que formo parte y que no se deja reformar. Las escuelas podrían florecer bajo otros parámetros y ser más llevaderas para estudiantes y profesores. Probablemente antes "conectaba" mejor con ellos y ellas en un plano más horizontal donde todos eramos personas, nos caíamos bien, nos reíamos, aprendíamos juntos y al final de clase nos preguntábamos cuándo iniciaba la próxima.  Más responsabilidades administrativas consumen mi energía que me gustaría descargar en el salón. Esta tendencia a llenar a los docentes de más papeleos y trámites la he visto desde el preescolar hasta la universidad. ¿Acaso el profesor del s. XXI será también un oficinista? ¿Dónde encontrará la creatividad para enseñar? 


Esta situación me frustra, vamos iniciando un ciclo escolar nuevo y yo sintiéndome en crisis vocacional. Admito que este enredo tiene una carga extra por mi cansancio acumulado pero indiscutiblemente ahí está. Hace dos veranos compartí con futuros graduados acerca del llamado y vocación después de la universidad y he tenido que regresar a revisar mis notas para aprender y recordar algo para mí. 

Pero Dios tiene cuidado y nos sustenta en momentos como este. Mi lucha no recae en elegir un nuevo o mejor trabajo sino en recuperar aquello necesario para ejercerlo hoy. Estoy plantado donde soy útil y puedo desarrollar mis capacidades para la gloria de Dios. Entre la cumbre del éxito y las profundidades del fracaso hay distancia que no caminamos solos. El profeta Elías en el Antiguo Testamento es un ejemplo de este viaje, tremendamente decidido, en presencia de Dios y asumiendo su llamado con valor ayuda a entender la realidad desde la óptica de Dios. Hay un gran éxito en el Monte Carmelo donde las mentiras cayeron, Elías en la cumbre de la gloria y la posibilidad de cambio. Pero la realidad se impone, huye por miedo a perder la vida y se sume en una depresión. En esa circunstancia todo el mundo se colapsa para no dejarle ver con claridad, Dios parece ausente y difícil de encontrar. No obstante le sustenta y establece límites a su dolor robusteciendolo para asumir después de la crisis, con nuevas fuerzas y visión renovada, su llamado en una generación complicada. 

Dios le pone freno a nuestra caída estrepitosa con dirección al  desanimo y la depresión, va más allá, nos espera en la profundidad para hablarnos suavemente con susurros casi desapercibidos y ponernos de nuevo en camino.No hay que guardar las apariencias ante él, nos conoce y no se cansa de vernos en nuestra vulnerabilidad. Hay un Dios sufriente caminando a la cruz recordándonos que nos acompaña en nuestro dolor y soledad. Guardar silencio y esperar, él vendrá. 

No puedo decir que estoy completamente robustecido vocacionalmente hablando sin embargo atiendo a los susurros de Dios en medio de la cotidianidad que me recuerdan su presencia y cuidado. No hay dudas que éstos pueden ser de lo más extraños, como recobrar brios supliendo una clase de matemáticas para primer grado, explicando lenguaje algebraico a los chiquitines o conversar con mis estudiantes graduados sobre la vocación y la universidad en medio de la premura de las clases. El abrazo de los que regresan y dicen gracias, la sonrisas de quienes no dicen nada y solo crecen viviendo sus vidas. Mis años están invertidos en otras y otros y lo había olvidado. Sin embargo confío en el oportuno Dios recordándolo en momentos indispensables para seguir en el camino entregando mis ganas y fuerzas con la confianza de que él, en su momento oportuno tal vez las quiera hacer florecer. 


Comentarios

  1. Entiendo y comparto estos altibajos.
    Me quedo con tu frase: Mis años están invertidos en otras y otros y lo había olvidado.

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