martes, 27 de septiembre de 2016

Liminalidad

Apenas llegamos un mes en Vancouver pero ha sido un tiempo largo. Suficiente para reconocer los estragos causados por la mudanza en Ale, en mí, en nosotros. Salir de Tijuana fue una locura, no hay muchas formas de explicarlo. De pronto dejamos todo y a tofos, como una urgencia de responder afirmativamente y con movimiento a una invitación de Dios para tomar el camino. Cosquillas que nos sacan de la comodidad.


Todos los “sí” que hemos dicho a Dios pasan factura de implicaciones. Por ejemplo, ya no tengo un marco claro y rígido de referencia para proyectar al futuro. Estamos en transición y siempre es mucho más fácil reconocer lo andado que el porvenir. En Tijuana se quedó nuestro “lugar seguro”, la zona de confort y el fruto de nuestro trabajo. Pero todo está allá, lejos; nosotros ahora estamos acá, en otro sitio. A este nuevo lugar estamos invitados para asumir y hacerlo nuestro “hogar”.

Antes de sumergirnos en la dinámica de la nueva ciudad pasamos un tiempo de retiro en Rivendell, en Bowen Island. Ahí, en medio del océano y en la profundidad del bosque me reconocí extraño a este mundo. Lejos de tierra firme y los edificios de la ciudad estaba acompañado. Con el silencio y quietud del bosque todavía podía escuchar resonar en mi interior los ecos de tantas actividades y personas. Oré con ayude de un laberinto y en el proceso brotaron cosas del corazón. En este laberinto  no puedes perderte, es un camino seguro. Pero una vez dentro  tienes dos opciones para recorrerlo: 1) seguir cuidadosamente el sendero que te guía hasta el centro y final p 2) hacer un atajo que ignora el camino. Seguí el laberinto mientras repetía un verso del Salmo 23: “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre”. 
El laberinto de Rivendell
El camino en el laberinto por un momento me acercaba al destino pero después me alejaba de él. Este movimiento de avance y retroceso me hacía dudar de seguir el camino, golpeaba mis ganas de controlar mi propio sendero, dejó ver cuánto necesito dejarme guiar por Dios y por otras personas. El laberinto es la metáfora de este tiempo en una nueva ciudad. Es una etapa segura, puedo seguir el sendero confiadamente y ceder el control. Dios confortará nuestra alma y nos guiará. Eso es suficiente a pesar de lo que vea y a pesar que el camino tome curso por donde no espero.
Deep Cove
Nosotros no somos ya los mismos. No podemos pretender fingir serlo aquí. La apertura a lo nuevo nos hace a nosotros nuevos también. Peregrinos en el camino. Solo con la distancia de nuestro anterior contexto podemos reconocer las cosas que directa pero veladamente comenzaban a definir nuestra identidad. Para mí lo estaba siendo el trabajo: lo que hacía, dónde estaba y lo que me daba. Sin embargo, aquí y ahora el no tener todo eso y hacer algo distinto mostró lo afectado que estaba esa área en mí. Me había tragado la mentira de que “somos lo que hacemos”, o peor aún: “valemos lo que hacemos/poseemos”. De este lado se ve diferente, estamos muriendo, por decirlo de algún modo. Morimos a nuestra vida previa. Estamos en transición, en Regent se esfuerzan por asumirlo como una deconstrucción. Sin embargo, al mismo tiempo nos encontramos en una etapa nueva de nacimiento. Todavía no se ha de manifestar lo que será.

Estamos en el camino. Recorrer caminos es justamente lo que hemos hecho en este mes Ale y yo en diferentes caminatas alrededor de Vancouver. Caminar, descubrir el bosque, sus colores y olores. Disfrutar de la naturaleza de un ecosistema nuevo para nosotros. Mientras nos sorprendemos con la creación nos deleitamos en Dios y hacemos ejercicio. Esa es otra buena metáfora para este tiempo: un camino de deleite y salud.

No estamos solos en este proceso, contamos con nuevas personas de diferentes partes del mundo. Ellas también están en una situación similar a nosotros, ellas nos entienden, con ellas hacemos la comunidad del camino. También está la gente que dejamos y nos ama: familia y amigos, rostros conocidos que nos anclan a nuestro contexto: nuestra América Latina,  tan diferente de este país. Cómo me gustaría ver florecer la vida de los nuestros bajo los estándares de vida que aquí hay.

Dios sigue estando aquí, él nos llama al camino de la fe, nos salva de la petrificación estéril. No obstante, Dios también camina con nosotros. Sí, él llama pero también acompaña cada paso. Jamás se sienta al final de la meta sino que corre con nosotros. Él nos sustenta, nos alimenta, nos cuida, nos impulsa a dar más y no levanta. Dios-con-nosotros. “Porque Dios trabaja en nosotros” es que el camino e transformador.



Me siento como un peregrino. Vivimos en un lugar donde literalmente somos extranjeros y un par de extranjeros de la minoría. El mundo se ve distinto cuando se le observa desde otro lado donde no estábamos antes. No se puede vivir igual una vez que esto sucede. No quiero vivir igual. 

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